Por Ezequiel, Escudero Cuerda.
Transcurría febrero de 2026, y la dupla conformada por los Estados Unidos e Israel daba inicio a la operación Furia Épica atacando el régimen iraní, dando muerte rápidamente a su líder, el ayatola – sin que esto lograra desestabilizar el régimen y debilitar el control de los clérigos sobre la república islámica –, e imponiendo una lógica que no es del todo novedosa, ataque sin evidencia y sin inminencia; que es lo mismo hablar de guerra sin justificativo para las normas del derecho internacional. Las armas químicas de destrucción masiva, nunca halladas en Irak, en los primeros pasos de este siglo XXI, ya daban cuenta de este modus operandi.
Sin mayores advertencias, Irán respondería el ataque – algo para lo que desde la caída del Sha, en febrero del ’79, se venía preparando – con drones de bajo presupuesto, despliegue de tropas, bombardeando a sus vecinos, cerrando el estratégico estrecho de Ormuz (por donde pasa el 20% del petróleo que se comercializa en el mundo), abasteciendo a sus proxis en el Líbano, en Yemen, en Siria, etc.
Israel, cuyo mayor logro en esta trama fue el de “convencer” a la administración Trump de que había que atacar a Irán para evitar que tuviera capacidad de respuesta nuclear, aprovecharía esta escalda para avanzar en su política de ocupación en territorio palestino, para borrar del mapa a Hamas y para debilitar a la milicia Hezbolá en el sur del Líbano, enviando un claro mensaje a sus competidores regionales y a sus aliados.
La comunidad internacional, mientras tanto, con una mano señalaba el horror de la guerra (injusta) llamando a la ONU a que se manifieste para restablecer el statu quo del ordenamiento internacional, y con la otra cartografiaba el nuevo mapa que surgiría después del desastre. Llámese cautela, pragmatismo, o sobre cálculo, nadie se manifestaba abiertamente en favor del conflicto, sin que ello implique oponerse absolutamente; Argentina sería la excepción, que apoyaría desde el primer momento la acción del binomio Trump-Netanyahu, considerándola no solo justa, sino necesaria para acabar con la tiranía del terrorismo iraní.
Al margen de las licencias cronológicas y de precisiones, no pretendemos abordar desde aquí una crónica de una guerra anunciada, sino más bien, adentrarnos en las consecuencias de la misma, más allá de la fecha que los libros de historia la asignen a su final, fecha que al momento de escribir estas líneas, no parece estar en el horizonte cercano, al menos en el de Trump o en el de Netanyahu.
Nadie quiere quedarse afuera
Cuando suceden acontecimientos como los que se desataron a partir del ataque de los Estados Unidos e Israel a Irán, conviene poner sobre la mesa tres elementos distintivos que operan como herramientas para el análisis y la comprensión futura del fenómeno a abordar: la reconfiguración de las esferas de influencia. Hay que observar desde la geopolítica, desde los recursos e infraestructuras críticas y desde los componentes étnico-religiosos. Porque con estos elementos se pueden establecer conclusiones, no definitivas, sino más bien orientativas, dado que hablamos de un fenómeno casuísticos, es decir, con causa y consecuencia.
Es que allí, donde confluyen un Estado sionista con ambiciones expansionistas y de creación del Gran Sion en torno a la Tierra Prometida, una minoría chiita al frente de uno de los ejércitos más importantes de la región, monarquías petroleras que desconfían de un entorno inestable y hostil, sumado a la injerencia del gendarme global, con la concentración de bases militares más grande del mundo, en la historia, cualquier movimiento de piezas genera un efecto mariposa que, más temprano que tarde, comenzará a visualizarse.
Como toda escalada bélica de alcance regional, no se trata solo de los participantes directos del conflicto. El control de los corredores estratégicos, por agua y por tierra, pasa a ser una prioridad absoluta para todas las potencias de la región. El pasado mes de agosto, en La Meca, el anfitrión Arabia Saudita junto a Turquía y Pakistán firmaron un acuerdo de defensa mutua. Los tres países se comprometen a reforzar la cooperación, el intercambio de inteligencia y ejercicios militares conjuntos; esto es presentado por sus signatarios como una alianza estrictamente defensiva que no se dirige contra ningún Estado en particular. Coincidentemente, porque nada ocurre por casualidad, Israel refuerza sus vínculos estratégicos con dos enemigos declarados de Turquía: Chipre y Grecia, con acuerdos de cooperación en áreas de inteligencia y fondos destinados a la compra de armas.
La guerra en Ucrania y el apoyo de Moscú al régimen iraní – no solo con inteligencia, sino con numerosos drones – abre una grieta de magnitudes entre las cancillerías de las principales banderas de la OTAN (Gran Bretaña, Francia y Alemania) y los anhelos expansionistas rusos; algo que la Casa Blanca analiza pragmáticamente, a sabiendas que una carta libre para Putin en Eurasia y los Balcanes también puede significar una ventana de oportunidad para anexar Groenlandia y tener una presencia más fuerte de la flota norteamericana en el Ártico y el Mar del Norte.
Todo frente a la atenta mirada de Beijing que estrecha lazos con Pakistán, tensionando con el pragmatismo de Nueva Delhi, al tiempo que no interrumpe los suministros de crudo vía Ormuz, garantizando una fuente actual clave de energía hidrocarfurífera, sin dejar de observar el movimiento de piezas geopolíticas y su presente con Taiwán, Corea del Sur y Japón, como un escenario de disputa real y evidente, que va más allá de la guerra comercial.
Zona de interés
A pesar de los avances en la tecnología sobre la comunicación y sus medios, existen aún situaciones que parecieran pasar tan rápido, que no son captadas por ninguna lente. Una de las consecuencias de lo que pasa en Medio Oriente, quizás la menos cuantificable pero una de las más complejas al momento de contrarrestarla, es la legitimidad del atropello. Que puede matizarse con acuerdos “diplomáticos”, que se construyen con legitimidad débil – o se canalizan bajo el invento argentino del Decreto de Necesidad y Urgencia, DNU – pero amparados en una pérdida de poder aún mayor y hasta torpeza, y por qué no complicidad, de las fuerzas políticas opositoras.
Para cerrar filas en torno a la protección de infraestructura crítica y control sobre corredores estratégicos, se crearon en Medio Oriente, allá por el 2020 con la autoría y firma de Israel, los denominados Acuerdos de Abraham, para dominar al mundo árabe petrolero y anti iraní, que son “copiados” por los – poco populares y conocidos en profundidad – Acuerdos de Issac, firmados en 2026 entre Argentina e Israel.
Argentina se presenta así, no solo como el faro ideológico y religioso del sionismo occidental de la extrema derecha el Latinoamérica, sino más bien como la cabeza de playa de intereses que van mucho más allá de estas corrientes. La disputa por la no derogación absoluta de la denominada ley de tierras; el recelo de la Casa Blanca respecto a los avances de las empresas de vanguardia chinas en el país; la discusión en torno a la conformación de la nueva Corte Suprema de Justicia; el aterrizaje de Palantir; el silencio frente al avance de la pesca en el Mar Argentino de empresas israelíes en torno a Malvinas, deben necesariamente entenderse como engranajes de una misma cadena que, sin preámbulos, está erosionando la soberanía del país, entregando recursos no renovables y sometiendo futuras disputas territoriales a juzgados internacionales. Cuando la capacidad del gobernante se ve extremadamente limitada, la pertenencia y subsistencia en el poder imponen un costo demasiado alto. La pregunta recurrente sigue siendo la misma, ¿quien paga ese costo?




