La indiferencia europea, el juego de cálculos de los Estados Unidos, las ambiciones expansionistas rusas y los efectos de la guerra sobre Ucrania, se entrecruzan para sentar fundamentos sobre una hipótesis que sobrevuela la diplomacia global: ¿es Ucrania el talón de Aquiles de la OTAN?
Ucrania encierra la madre de todas las batallas; la batalla política, la batalla cultural, la batalla militar, todas sacuden las fronteras de los involucrados, pero también a todo un continente. La desconfianza se mueve por los pasillos de las principales cancillerías de la OTAN (Francia, Alemania, Gran Bretaña), y para los que miran el pasado con nostalgia, hay algo que se asemeja a los acuerdos por la distribución de Checoslovaquia cuando los Sudetes se convirtieron en el reloj que sonó y despertó a la bestia. Pero el gigante rojo puede dormir por décadas, lo que lejos está de significar que no despierte con más voracidad que nostalgia. Eso temen en toda Europa y todo parece indicar que el temor es una alerta temprana.
Lejos queda el año 2022, cuando apenas el mundo dejaba atrás una pandemia, y Rusia decidía atacar a Ucrania. Ya ha pasado casi un lustro. Esta guerra es el resultado de una combinación de factores, entre los que destaca, sobre todo para la mirada de Putin, el hecho de que ucranianos y rusos forman parte de una misma comunidad histórica nacida en la antigua Rus de Kiev medieval; además, desde la independencia (1991) una parte creciente de la sociedad ucraniana apostó por acercarse a la Unión Europea y alejarse de la influencia rusa. Esto no fue bien visto por Moscú, que interpretó ese giro hacia Occidente como una amenaza a su esfera de influencia y respondió con la anexión de la región de Crimea en 2014.
La invasión a gran escala de 2022 puede entenderse como una continuación de ese conflicto iniciado en 2014, impulsado por la voluntad de Rusia de mantener su influencia sobre Ucrania, impedir su integración en las estructuras occidentales y reafirmar su papel como gran potencia regional. Por eso el temor explícito de Polonia, que de ambiciones expansionistas soviéticas sabe demasiado, y la advertencia de la OTAN a los Estados Unidos, entre otros efectos directos de la avanzada soviética.
Nadie sabe qué sucederá primero
A pesar de que la caída del Muro de Berlín supuso el fin de un orden bipolar – muchos se atrevieron a llamar a este proceso el fin de la historia – con cierta paridad entre los dos grandes vencedores de la Segunda Gran Guerra, el debate interno en los rincones de la Casa Blanca y del Pentágono se daba entre quienes sostenían que lejos estaba Rusia de dejar de ser una amenaza y que la cortina de hierro no debía ceder; por otro lado, los seducidos por el avance chino, se mantenían firmes en su postura: China era un peligro mayor que Rusia. La sucesión de desaciertos de las administraciones (demócratas y republicanas) de la Casa Blanca por el mundo, Yugoslavia y los Balcanes, Medio Oriente, Irak y Afganistán, Somalia en el Cuerno de África, por mencionar algunos, abrió la ventana de oportunidad para activar la paciencia de Moscú.
El otrora imperio ruso conformaba una vasta región que abrazaba el territorio europeo, rodeado de etnias, culturas y, sobre todo, recursos, que conformaban una sola Nación, al menos desde la mirada del Kremlin. Esta visión, incluso, encuentra sus raíces teóricas en una etapa donde los imperios, si bien en declive, aún eran vistos como una amenaza expansiva. En 1904 el político y geógrafo inglés, Harold Mackinder, ideó una teoría generalista sobre el poder mundial, llamada teoría del heartland (o del corazón continental) donde básicamente decía que quien controlaba la zona de Asia central, hasta la Siberia Rusa, tenía probabilidades de obtener una posición privilegiada de cara al dominio mundial, y no solo de Europa continental. Si bien es cierto que esta especie de profecía geopolítica nunca ha llegado a producirse realmente, en varios momentos de la historia ha estado cerca de cumplirse.
Pero no hay que dejar de poner blanco sobre negro. Porque la supuesta ambición rusa de avanzar en territorio europeo, no sería otra cosa que una acción defensiva. Moscú entiende la lógica geopolítica, basada en el heartland, como un mecanismo de protección territorial, sobre la cual, cuanto más lejos de sus entrañas se encuentre el enemigo, menos probabilidades de causar daños irreparables tiene. Europa no posee recursos de interés, en esta guerra por el gas, el petróleo, los minerales, el agua; es, en esencia, un escudo, cuya puerta de entrada parece ser Ucrania.
El Kremlin tiene claro que una OTAN debilitada y sin protección de los Estados Unidos es una tentación que puede confundir las prioridades. Por eso, el propio canciller – y mano de hierro de Putin – Sergei Lavrov, ha manifestado en reiteradas ocasiones que no es intención de Rusia avanzar más allá de lo que considera su esfera de influencia, además de su extensión territorial legitima. Por otro lado, para los Estados Unidos, una hipotética invasión abierta de Rusia sobre Europa, forma parte del juego de cálculos. En efecto, y de suceder esto, no habrá un Plan Marshal, ni una nueva cortina de hierro; lo que va a suceder es que Europa sucumbirá ante la benevolencia norteamericana, a cambio de no volver a desafiar al gendarme global en futuras incursiones militares o guerras comerciales; las cancillerías serán escribanías de Washington, en ese escenario de reducción a un sello, de la OTAN. De esto ya tomaron nota, tanto Donald Trump como Marco Rubio y los altos mandos militares.
Zona de interés
Mientras tanto, Ucrania apuesta – o se resigna – a ser un conejo de indias en este laboratorio geopolítico continental, sacando con ello algún provecho, y calculando que los costos no sean mayores que los logros, una tarea nada sencilla para Zelenski y su gabinete. La desintegración de la URSS produjo las condiciones necesarias para la conformación de los sucesivos Estados independientes que se constituyeron sobre las cenizas del imperio; al margen de las reales intenciones de cada uno de estos actores, se convirtieron en emergentes de un régimen que se desmembraba.
Las elites ucranianas fueron reconvirtiéndose, pasando de ser aliadas al régimen soviético – y comunistas – a conformar un poder en torno al autoritarismo, a la opresión sobre las minorías y a la corrupción endémica. Hacia el año 2004, frente a la apatía rusa, en Ucrania se llevaba a cabo la llamada revolución naranja, con la premisa de luchar contra la corrupción, reducir la dependencia de Rusia e iniciar el camino hacia la integración en las instituciones occidentales, como la Unión Europea y la propia OTAN. Aspectos que, en líneas generales, se cumplieron de manera parcial. Esto se dio en un contexto de profundas divisiones internas, entre aquellos que querían una plena autonomía respecto de Rusia y los nostálgicos que miraban el pasado cultural e histórico como una ventana de oportunidad para volver a ser una sola Nación con la madre Rusia.
Estos movimientos fueron evaluados por Moscú como una intervención europea dentro de Ucrania, con claros intereses de avanzar hacia territorio ruso; se daba el marco discursivo y material para iniciar la ofensiva, primero en Crimea y luego en la región del Donbass. La reacción rusa buscaba deslegitimar la corriente nacida en 2004 y frenar la aproximación a Europa. Sin embargo, lejos de debilitar el sentimiento nacional, la intervención fortaleció la identidad ucraniana. La suerte estaba echada. La demostración de poder de Rusia – es decir, modificar el statu quo del derecho internacional y sus normas a través del uso de la fuerza – presuponía la inacción europea, aspecto este que se fundamentaba en el caso de Georgia (2008) y la propia Crimea (2014), donde Europa se había mostrado indiferente; sanciones económicas, diferenciaciones ideológicas amparadas en el pasado, castigos comerciales – que se revertirían con la guerra en Medio Oriente – fueron la cortina de humo que evitó hablar de intervenciones armadas.
Una pausa, congelando la cartografía de las nuevas fronteras, entre drones y tanques, es probable que ocurra en el horizonte no muy lejano; quizás impulsado por el fantasma de las muertes militares y civiles y las consecuencias no bélicas de una guerra. También es probable que impere el juego de las grandes potencias, imponer condiciones, reconfigurar esferas de influencia, incluyendo asistir al desmembramiento de la principal alianza militar del mundo.




