Por Ezequiel, Escudero Cuerda.
Que la líder del Kuomintang no solo haya visitado al primer mandatario chino, sino que se haya hecho pública la foto, suceso para nada menor en la China hiper vigilada y controlada por el partido comunista, es más que un vertiginoso síntoma de época.
Hace un par de meses, más precisamente en abril, la actual líder del opositor partido Kuomintang, la ex diputada Che Li-wun, aterrizaba en Shanghái en carácter oficial para llevar a cabo un encuentro con el líder del Partido Comunista Chino, Xi-Jinping. Frente a la premisa de dialogar por la unión, el mantenimiento de lazos sólidos, más allá de las diferencias, y de expresar los intereses de la mayoría de los taiwaneses, según la propia dirigente.
Nada más lejano de la casualidad, el viaje de la líder de los nacionalistas liberales se debe abordar en clave político partidaria, ya que desde la llegada a la primera línea del partido y tras ser elegida como su presidenta, en octubre del pasado año, su principal objetivo es volver a poner al histórico Kuomintang al mando de la isla rebelde.
Taiwán está gobernada por la derecha separatista, desde el 2024, a manos del Partido Demócrata Progresista, cuyo líder, Lai Ching-te, médico de profesión, conocido como William Li, ha manifestado en reiteradas ocasiones que es momento de que Taipéi empiece a mostrar su verdadera voluntad: la independencia absoluta del continente, radical y firmemente, y no como un mero juego de tensiones, con el solo objetivo de obtener ventajas partidarias y personales (en clara alusión a los sucesivos liderazgos del otrora partido gobernante). Una tensión histórica, para cuyo entendimiento es necesario hundirse en el pasado.
El Siglo de la Humillación. Transcurría casi medio siglo XIX, más precisamente 1839, y la china dinástica perdía Hong Kong (1841, Tratado de Nankín), a manos de un expansionismo británico que luego sería emulado por el resto de las potencias marítimas del viejo mundo. Las llamadas guerras del Opio, datan el inicio de lo que los propios chinos llamarían, el siglo de la humillación, que se prolongaría hasta la proclama de la República Popular China, el nacimiento de la actual China de la mano de Mao Zedong y el Partido Comunista Chino (PCh), luego de haber ganado una sangrienta guerra civil al Kuomintang de Chiang Kai-shek.
Los británicos no solo lograron acuerdos comerciales prolíferos, sino que desangraron el interior profundo chino a fuerza de cañonazos y desembarcos poco amistosos. Portugal y Rusia, se sumarían en lo sucesivo a las invasiones del territorio chino, del lado de los europeos; y hasta el propio Japón, con un abrumador poderío militar por aquel entonces frente a china, se haría de territorios a fuerza de escaladas bélicas, ocupaciones que incluirían a Taiwán y Corea (en aquel entonces, unificada).
Todos se aprovecharon de una sangriente y desgastante guerra interna. En 1911-1912 se produce lo que los libros de historia llaman la revolución nacionalista, inicio del final del largo ciclo dinástico del gigante asiático; lo que daría nacimiento a la china moderna, de la mano de su promotor, Chiang Kai-shek, quien fundaría poco tiempo después el Kuomintang, y a un ciclo de revueltas internas que marcarían hitos en la historia del territorio al encausar sus fuerzas y propósitos hacia la opresión extranjera. Sobre todo contra Japón, en la región de Manchuria, escaladas bélicas que culminarían junto con la segunda guerra mundial y la expulsión de las fuerzas niponas de territorio chino. Las dinastías duraron cuatro mil años; un siglo tardó la sociedad en dejar atrás la humillación a manos extranjeras; las revoluciones se cuentan por décadas; entender esto, es comprender de qué se habla cuando se habla de paciencia histórica de China.
Comunistas y Liberales se unieron frente a una opresión mayor, la externa, luego de la expulsión de los japoneses, y a poco de haber finalizado la Segunda Gran Guerra, también finalizó la tregua, y la guerra interna se libraría nuevamente, hasta que llegaría su fin con la victoria de los comunistas, de la mano de Mao, dando nacimiento (el segundo nacimiento) a la China actual. De ahí el profundo debate respecto a quién es, en definitiva, el verdadero padre de la china moderna, o pos dinástica; si el liberal Chiang Kai-shek, o el comunista Mao Zedong.
Más allá de la disputa por la paternidad, lo cierto que es la victoria comunista produjo la diáspora de los principales lideres del Kuomintang, brazos armados y políticos, se refugiaron no muy lejos: cruzaron el estrecho e hicieron suya la isla de Taiwán (que había sido invadida por Japón). Entre gallos y medianoche, cruce marítimo de por medio, Taipéi reclamaba su gobierno integral, no solo el insular. Los reconocimientos internacionales y el eco de lo que había acontecido, no solo el nacimiento de un gigante comunista, no se hicieron esperar. Hasta el propio general Juan Domingo Perón, por estos pagos, reconocía la soberanía insular (1949). Estados Unidos, en pleno proceso de reconstrucción europea (Plan Marshall) y asistiendo al comienzo de la llamada Guerra Fría, se enlistó en la nómina de quienes abrazaban la (en apariencias) contención comunista del territorio continental.
Hasta comienzos de la década del ’70, en el marco multilateral de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Taiwán votaba por China, y su voz expresaba, en cierta forma, lo que las mayorías en el continente deseaban. Esto es como si en la actualidad, apenas 23 millones de isleños, la población de Taiwán, representara a más de 1.400 millones de personas, la población china. Representación mediante, legitimada exprofeso o no, la luna de miel del reconocimiento vería su opacidad hacia el año 1973. Un incisivo Henry Kissinger, al frente de la diplomacia norteamericana, abalado por el propio Nixon, veía con una lupa ultra sensitiva, la conformación de un bloque comunista que, de consolidarse, inclinaría la balanza para el lado rojo del Muro de Berlín, la alianza sino-soviética.
Sin más moral que el pragmatismo, y en pleno proceso de conformación del movimiento de los No Alineados (Belgrado, 1961), de las revueltas anti racistas en el propio Estados Unidos y con una crisis de los misiles aún caliente (Cuba 1962), empantanados en Vietnam, la dupla Nixon-Kissinger retiraba su incondicional apoyo a la isla, dialogando con Mao, reconociendo la soberanía continental, a cambio de tensionar las relaciones entre Beijing y Moscú; transacciones al servicio del pragmatismo diplomático. Y así, Taiwán veía disuelto el reconocimiento a su soberanía por uno de los principales contendientes de la caliente Guerra Fría.
Entre tanto, en el continente la naciente República Popular comenzaba un ciclo de reformas internas que tenían como meta proyectar a China a lo largo de los siglos venideros, algo poco menos que ambicioso, puede ser cierto, para aquel gigante, mayormente poblado de campesinos pobres y analfabetos, con uno de los PBI per cápita más bajos del mundo. Pero también es empíricamente comprobable que hoy, la misma China, transita su plan quinquenal número 15 (2026-2030), enmarcado en una redefinición estratégica de sus objetivos, pero dentro de una planificación ininterrumpida, desde 1953; habiendo sacado de la pobreza a 800 millones de personas, en un lapso de tiempo considerablemente breve.
Es en este contexto, que tiene sus raíces históricas y que se ve reformulado a partir de los conflictos regionales, tanto en Europa, como en Medio Oriente, que se inscribe la continuidad de las tensiones entre el continente y la isla. Mostrando una China que retoma sus ambiciones territoriales, que no son otra cosa que borrar del mapa la noción de independencia y soberanía en lo que a Taiwán respecta, no a fuerza de cañones, como lo hicieron sus invasores, sino a través de una voraz guerra tecnológica, diplomática y comercial.
Extensión territorial, ocupación efectiva y el mundo como tablero. Asistimos a lo que en relaciones internacionales llamamos, ciclo de reconfiguración de las esferas de influencia. Y acuñamos conceptos como geopolítica y geoeconomía, como ambiciosas definiciones que tratan de encapsular los fenómenos presentes, recogiendo procesos coyunturales, conceptualizando, en definitiva, buscando sintetizar el paradigma actual.
En 1964, el teórico canadiense, Marshall McLuhan, habló por primera vez de la idea de Aldea Global en un ensayo, poniendo en el centro del debate – a través de lo que parecía un término contradictorio en sí mismo – la globalización de las comunicaciones y el alcance de los fenómenos sociales, culturales y políticos, que se avecinaban. Esta interrelación compleja de fenómenos se entrelaza con la influencia de los factores geográficos en la toma de decisiones en la esfera política (es decir, la geopolítica). A esto se suma, la preponderancia de fenómenos económicos y financieros de alcance global, sin fronteras, sobre los avances de las nuevas tecnologías y la estrecha relación con los recursos y el territorio, es decir, la geoeconomía.
Definiciones que no son solo eso. En los primeros pasos del presente siglo, en el año 2000 más precisamente, China comienza a ver el mundo como un todo, pero más que nada, como un enorme mercado de posibilidades y un abastecedor a escala global, al mismo tiempo. Su ingreso a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en diciembre de 2001 marcaria un cambio de paradigma a nivel del comercio mundial y sentaría las bases de lo que había amanecido de manera incipiente a principios de los ’90 con el fin del orden bipolar y la caída del Muro de Berlín, el nacimiento de un orden multipolar, con las finanzas y los mercados globalizados como nunca antes en la historia.
En la actualidad y según datos del Banco Mundial (2025), China es el principal socio comercial de más de 160 países y regiones de todo el mundo; la presencia comercial del país asiático abarca gran parte de Asia, África y América Latina. Esto le permite ostentar una clara posición dominante que se explica, sobre todo, en términos de importaciones, las que señalan que China es el proveedor número uno de mercancías para cerca del 40 % de las naciones del planeta.
En el sub continente latinoamericano el gigante asiático se consolidó como el primer socio comercial de más de una decena de países, destacándose naciones como Brasil, Perú, Argentina y Chile. Cuando Donald Trump gira hacia el proteccionismo y lanza una brutal guerra comercial y arancelaria, en su segundo mandato, estaba viendo este fenómeno con preocupación. El retorno a la Doctrina Monroe, sumado al movimiento MAGA, además de la nueva estrategia de seguridad nacional de los Estados Unidos, tiene como objetivo cerrar filas en torno al hemisferio Occidental, lo que se traduce en un bloqueo, a casi cualquier precio, de la injerencia china en la región, considerando la percepción de que el gigante asiático y su conglomerado de firmas también ha puesto el foco en América.
Y no estaba Trump en un enfoque equivocado; las principales empresas chinas que encabezan la guerra comercial y tecnológica contra los Estados Unidos son gigantes de las telecomunicaciones, el comercio electrónico, la inteligencia artificial y la movilidad eléctrica. Dentro de las que se destacan firmas como Huawei, Alibaba, Baidu, DJI y BYD. Firmas como Baidu lideran el mercado de motores de búsqueda y el desarrollo de inteligencia artificial en China; BYD encabeza la producción mundial de vehículos eléctricos y baterías, poniendo en jaque a TESLA; DJI, por su parte, produce la mayor cantidad de drones comerciales y civiles del mundo, lo que genera alertas de seguridad en Washington; y así, podemos seguir enunciando.
Pero volviendo al origen, el escenario global de los semiconductores y microchips está absolutamente dominado por Taiwán. El ecosistema de la isla es único porque cubre toda la cadena de suministro, desde el diseño hasta el empaquetado final. Y está custodiado por una enorme inversión en armamento y tecnología militar, provista por los Estados Unidos. Las principales empresas taiwanesas que lideran esta industria tienen como clientes a gigantes como Apple, Nvidia, AMD o Qualcomm. Firmas como TSMC (Taiwán Semiconductor Manufacturing Company) es líder absoluto a nivel mundial, controlando más del 60% del mercado global de fundición y más del 90% de la producción de los chips de Inteligencia Artificial más avanzados del planeta. ASE Technology Holding (Advanced Semiconductor Engineering) es la empresa independiente de empaquetado y pruebas de semiconductores más grande del mundo. Es un eslabón crítico para que los complejos chips de IA de alta densidad puedan funcionar correctamente en los servidores moderno. Y la lista puede extenderse. Aunque el objetivo es claro, el interés por la isla que trascendió la historia, es un claro ejemplo de la importancia de la gobernanza de la infraestructura critica y la diplomacia estratégica.
Zona de interés. Hay, a nivel internacional, temas que se consideran de agenda global dado el alcance que tienen, no solo en términos geográficos, sino por las implicancias comerciales, militares, energéticas, de precios de las materias primas, de costos en la logística, etc. Estamos frente al análisis de un fenómeno de esas características.
Hace un par de semana, se dio en Argentina un hecho trascendente que involucró a dos embajadas de peso mundial. La cooperativa eléctrica y de servicios, CALF, de la cuidad de Neuquén firmó un convenio con la proveedora china Huawei, como parte de un proyecto para ampliar los servicios cooperativos, no solo eléctricos, sino de fibra óptica en el Sur del país. Esto desató la virulenta reacción de la embajada de los Estados Unidos, amenazas de por medio, advirtiendo respecto al “costo” para las chances de atraer inversiones que un contrato con una empresa china puede traer aparejado en este contexto de guerra comercial global (y también guerra por recursos e infraestructura crítica, claro está). La respuesta de Beijing no se hizo esperar, bregando porque los Estados Unidos respetaran la soberanía de los pueblos y la independencia de sus empresas. La cancillería argentina: en un preocupante silencio.
Lo anecdótico del caso grafica la importancia de cada espacio y recurso global. En el año 2019, y solo para sumar otro ejemplo, Trump prohibía al gigante Google firmar cualquier tipo de acuerdo por prestación de servicios con empresas chinas, sobre todo con Huawei. China transacciona de manera simple: recursos, infraestructura y apoyo financiero, a cambio de reconocer que el continente tiene soberanía absoluta sobre la isla rebelde, tan simple como categórico. Y no le va mal. En el Sur del continente americano, solo Paraguay reconoce la soberanía de Taiwán, sumándose a un reducido puñado de Estados, dentro de los que mayormente se encuentran pequeñas islas de Oceanía.
Volviendo al territorio en conflicto, recientemente Taipéi advirtió a Beijing respecto a las pruebas militares cercanas a las aguas taiwanesas, de la armada china, en una clara muestra de poder militar intimidante; de hecho, unos días atrás, se registraron imágenes de simulacros de ataques aéreos en la capital, Taipéi, como muestra al mundo de que la isla se prepara para lo que quizás sea inevitable.
Poniendo esto en datos. En el mundo existen solo 9 Estados que poseen capacidades nucleares de destrucción masiva, entre todos suman más de 12.000 armas nucleares (ojivas), solo Rusia y los Estados Unidos poseen cerca del 90% de todo este arsenal. Sin embargo, en la región cercana al conflicto entre China y Taiwán, coexisten 6.490 ojivas nucleares, distribuidas dentro de 6 países que tienen esa capacidad de destrucción y alcance (quedando excluidos solo los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña) con una población potencialmente afectada que ronda 3 cuartos de la población mundial. Una cifra más que elocuente para comprender la capacidad de destrucción a la que ha llegado las especie humana, con la ambición de convertir nuestra Tierra en un mercado. El nacimiento de una nueva era, con el lanzamiento de la primera bomba atómica, que dio el nombre al Antropoceno, no era solo una cuestión de científicos y académicos.
Solo resta apostar a la paciencia histórica de China, con la que recuperó Hong Kong (1997, Gran Bretan1a) y con la que recuperó Macao (1999, Portugal) y a la que apuesta en su plan para Taiwán de aquí hasta el año 2049, con el centenario de la conformación de la actual República Popular China.




