Por el Lic. Ezequiel Escudero Cuerda.
El 7 de octubre del 2023, el grupo islamista Hamas lanzaba un ataque a gran escala sobre territorio israelí, causando un hecho poco habitual en una de las zonas de mayor conflicto en el mundo: vulnerar las líneas de defensa y burlar a los servicios de inteligencia de Israel. Tres años después de aquel hecho, la búsqueda de la verdad y las dudas sobre lo que acontecía aquella madrugada cuando por varios frentes de las líneas de defensa se filtraban militantes islamistas (secuestrando incluso soldados del ejército israelí), siguen poniendo en tela de juicio al propio Benjamín Netanyahu quien está a punto de plebiscitar su gestión al frente del Likud (el partido que está en el poder desde 2009). Si los servicios de inteligencia egipcios o el propio gobierno de los EAU sabían del atentado e informaron a los servicios de inteligencia israelíes, sigue siendo una incógnita que no parece develarse con claridad, a poco de llevarse a cabo una elección más que importante para el futuro de la región.
Netanyahu es el primer ministro que más tiempo ha gobernado en Israel, aferrándose al poder durante más de 18 años en tres períodos, ya que Israel no tiene límites de mandato. En el 2022, una alianza entre la extrema derecha, el sionismo ultra ortodoxo y el supremacismo judío pusieron nuevamente en el poder a quien estaba sindicado como el único capaz de traer seguridad, orden y paz al pueblo judío. El próximo 27 de octubre de 2026 se renovarán 120 escaños parlamentarios (Knesset) que pondrán a prueba el apoyo que el actual primer ministro tiene dentro de la sociedad israelí, el primer desafío electoral significativo luego de los atentados del 7-O.
Del otro lado, el principal frente opositor está encabezado por Gadi Eisenkot un ex miembro de las fuerzas armadas – un destacado general que renunció al gabinete de guerra del primer ministro tras acusarlo de carecer de una estrategia en Gaza – al frente del centrista partido Yashar! Hay que destacar, no obstante, que al igual que casi todos los rivales del primer ministro, Eisenkot ha respaldado en términos generales las operaciones militares israelíes en Gaza, en el Líbano, así como en el actual conflicto con el régimen iraní.
Los sondeos preliminares hablan de poca ventaja del lado del oficialismo parlamentario, frente a la coalición opositora, ninguna fuerza llegaría a reunir 61 escaños para lograr el dominio del Parlamento. Alrededor de 7,3 millones de personas estarán habilitadas para asistir a las urnas el próximo martes; 800 mil de las cuales residen en el exterior. El 19% de ese electorado es de origen árabe-israelí, y estaría en condiciones de emitir sufragio. La Lista Árabe Unida es un partido político con representación parlamentaria y bajo la conducción de su experimentado líder, Mansur Abás, podría convertirse en un actor decisivo, frente a las particularidades del sistema electoral y su distribución por escaños. También existe, dentro de esta corriente partidaria, la Lista Conjunta que reúne a tres grandes partidos árabes: el Movimiento Árabe por la Renovación, Hadash, un partido judeo-árabe que se remonta a 1977, y la Alianza Nacional Democrática. La Lista Conjunta se opone a la guerra en Gaza y a la ocupación israelí de Cisjordania.
El escenario se atomiza, en nómina de ofertas partidarias. Es que los israelíes votan por partidos, no por candidatos individuales; los partidos forman alianzas para crear una coalición mayoritaria. En los 78 años de historia del país, ningún partido ha obtenido por sí solo la mayoría en el parlamento de 120 miembros; así se entiende la preponderancia que cobran las fuerzas políticas minoritarias en esta búsqueda por construir mayorías (los partidos deben obtener al menos el 3,25% de los votos para entrar en el parlamento).
Una clave: Israel es el único Estado judío del mundo. Su política expansionista – a quien podríamos dedicarle una columna entera y más –, impulsada por el gobierno y llevada adelante por los denominados colonos, tiene un objetivo que también entra en la disputa político-electoral. Sucede que el sionismo (religioso), con especial apoyo de los colonos de Cisjordania, le disputa al sionismo laico la definición del propio Estado de Israel, aspira a crear el Gran Sion – sobre la verdadera tierra prometida – que se extienda por todo el territorio de la Palestina histórica.
La suma de los desacuerdos
Los frentes de conflicto que rodean a Israel, y cuya trascendencia lo han puesto en el epicentro de la mirada internacional, se relacionan unos con otros y todos tienen el mismo denominador común: la necesidad de dominar Medio Oriente, a fuerza de ocupaciones de tierras, con mano dura, violando la normativa del derecho internacional y sus reglas, si es necesario. Irán y sus proxis, Hamas, Hezbolá, los rebeldes en Yemen, las cruzadas africanas en el Norte, y podemos seguir enumerando los frentes abiertos. Una lógica que se retroalimenta en cada una de sus conexiones con intereses extrafronterizos, generalmente relacionados con la estrategia de su principal socio, Donald Trump.
Sin embargo, y de cara al proceso electoral que se avecina, Netanyahu se enfrenta a una lógica política distinta. Su liderazgo continúa condicionado por las consecuencias de los ataques de Hamas del 7-O y por la percepción, dentro de amplios sectores israelíes, de que los principales enemigos siguen operativos. Hamas conserva presencia en Gaza, Hezbolá mantiene capacidad ofensiva en el Sur del Líbano y el régimen iraní permanece en pie, a pesar de que Trump amenazó en no pocas ocasiones, con hacer desaparecer a toda una civilización. Nada de eso parece posible que suceda, al menos en el corto plazo.
En ese contexto, un acuerdo negociado sin resultados visibles podría interpretarse como una derrota política para el primer ministro israelí. La presión electoral empuja a Netanyahu hacia una posición más beligerante y menos proclive a las concesiones, aún si esto implica tensionar los vínculos entre Tel-Aviv y Washington. La incursión conjunta llevada a cabo contra Irán arrastró a toda la región a reconfigurar sus alianzas en torno a las esferas de influencia que se empezaron a re diseñar toda vez que los meses pasaban y el régimen de los ayatolas no solo no se derrumbaba, sino que cada día parecía estar más fortalecido.
Esto originó una rápida reacción de Turquía, Pakistán y Arabia Saudita, quienes sellaron los Acuerdos de la Meca, como una demostración – simbólica como vienen demostrando los hechos – de que la hegemonía en Medio Oriente no tiene un claro nombre. También obligó a Tel-Aviv a reforzar sus vínculos – militares – con Chipre y Grecia, frente a lo que se considera un enemigo potencialmente peligroso, la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan; incluso inmiscuirse en el frente norafricano, dentro del agitado Magreb-Cuerno de África en las revueltas de Sudán y Egipto y en los conflictos fronterizos entre Eritrea y Yibuti, monitoreando de cerca el estratégico golfo de Bab el Mandeb, la salida del Mar Rojo hacia el Golfo de Adén.
Zona de interés
La política de expandir una imagen positiva respecto a la mirada del resto del Mundo – más allá de Medio Oriente – es una novedad en términos de estrategia política de largo alcance que practica el Likud fuera de sus fronteras. Un contrapeso a la situación en la que se encuentra su principal referente, el primer ministro Netanyahu, con órdenes de captura por parte de la Corte Penal Internacional, impulsada entre otros por países como Sudáfrica, Irlanda, Turquía y la propia UE, por crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad. En esta dirección se inscriben los Acuerdos de Abraham, para los países árabes de Medio Oriente, y los Acuerdos de Issac; en el segundo caso, ratificados recientemente por Argentina, como un garante frente a la necesidad de lavar la imagen internacional de Israel (y de su primer ministro) y hacer del país la cabeza de playa continental en el Sur de América. Acciones acompañadas por grandes firmas israelíes, sobre todo aquellas ligadas al complejo petrolero y a toda su cadena de logística y suministros. El gran proyecto Sea Lion, dentro de aguas argentinas en torno a las Islas Malvinas, es un ejemplo de trabajo conjunto de la empresa Navitas Petroleum (Israel) y Rock Hopper (Reino Unido).
Al margen de los cálculos electorales y de la presión de la opinión pública respecto a casos de corrupción, abuso de poder y el manejo de la política exterior, hay una realidad que no puede quedar a merced de la voluntad de un conjunto de intereses geopolíticos e ideológicos. Para el comienzo de la ofensiva sobre Gaza – después del 7-O – la población local rondaba los 2,2 millones de personas, 3 años después, 1,9 millones han sido obligados a desplazarse, contando entre las víctimas fatales más de 74 mil (casi el 4% de la población total antes del inicio de las hostilidades, según el Ministerio de la Salud gazatí, cifras reconocidas por organizaciones de derechos humanos y por la propia OMS). Una catástrofe humanitaria que la ONU advierte traerá consecuencias irreversibles para las infancias que sobrevivan al conflicto.
El costo humano de los crímenes israelíes indefectiblemente pondera al momento de evaluar las proyecciones electorales, pero no solo desde el grado de incidencia que tenga dentro de los propios israelíes, sino desde el punto de vista de la observancia – y la apatía – de la comunidad internacional. Frente a algo más que una elección se enfrenta un gobernante que no puede pisar suelo extranjero, sin ser sometido a juicio por sus crímenes contra la Humanidad.




