Por Martín De Los Santos
La historia de la cultura occidental puede leerse como el largo y persistente intento de someter el destino humano a un sujeto colectivo. Desde sus cimientos mismos, la civilización entendió que la salvación —física, espiritual o histórica— nunca era un asunto individual, sino una empresa común. En la polis griega, la realización del hombre era indisociable de su rol como ciudadano, confinando al ostracismo o al desprecio de la idiotez a quien pretendiera vivir replegado en su propio ombligo. El Imperio Romano perfeccionó esa premisa bajo la noción del Civis, subordinando la voluntad particular al orden supremo del derecho y el Estado. Incluso cuando la Edad Media transformó los paradigmas, lo hizo para consagrar la salvación a través de una comunidad mística y espiritual. Esa misma matriz relacional sobrevivió a las revoluciones modernas y maduró, con una fuerza dogmática sin precedentes, durante los siglos XIX y XX: la verdadera Edad de los Ismos. Desde las teorías decimonónicas que moldearon el mundo industrial hasta las pasiones colectivas que sacudieron el siglo pasado —el socialismo, el capitalismo, el nacionalismo, el liberalismo, y la más actual de todas, el Peronismo—, las grandes corrientes del pensamiento se presentaron como recetas globales para redimir a las sociedades. Eran épocas de dogmas duros, manifiestos de puño y letra, y plazas colmadas. El motor de la historia era el proyecto compartido; un engranaje donde el «yo» aceptaba subordinarse al «nosotros» en pos de una promesa colectiva de progreso, justicia o soberanía. Estar vivo significaba pertenecer a una causa que trascendía los límites de la propia biografía.
Sin embargo, el ingreso al siglo XXI clausuró esos milenios de tradición colectivista y trajo consigo una mutación radical. Tras el desencanto de las viejas utopías, no quedamos huérfanos de dogmas; simplemente asistimos a la coronación del «ismo» definitivo, el más atomizador y feroz de todos: EL EGOISMO. En esta era hiperdigital, la premisa de salvación global ya no pasa por transformar las estructuras del mundo, sino por maximizar el rendimiento del propio ombligo. Las masas se disolvieron en millones de subjetividades aisladas que compiten entre sí. Hoy, el templo ya no es la asamblea o la plaza pública, sino el espejo de la pantalla. Y en esa transición donde el «yo» fagocitó por completo al «nosotros», las comunidades empezaron a experimentar una anestesia silenciosa. Un repliegue individualista que la encíclica papal Magnifica Humanitas, publicada este pasado 25 de mayo, diagnostica con lucidez global al advertir que corremos el riesgo de habitar una nueva Torre de Babel, hecha de aislamiento y soberbia tecnocrática.
Pero este drama no es un debate meramente filosófico, o también lejano a nuestras realidades locales, en Tandil, lamentablemente, las alertas de esa Babel contemporánea se leen hoy con dolorosa claridad en nuestra propia geografía.
Durante décadas, esta ciudad se autopercibió —y se construyó— a contramano de las lógicas del desapego. Tandil no llegó a ser lo que es por ventajas logísticas o cercanía al puerto; llegó y sigue siendo, por su capital humano, por una idiosincrasia única ligada al esfuerzo compartido. Fuimos el «nosotros» hecho piedra, universidad, cooperativa y club de barrio. Aunque ese camino fue sinuoso, siempre recordamos con tristeza y nostalgia por la desordenada explotación que en los albores de nuestra ciudad llevó a derribar por ejemplo los famosos LEONES, del barrio que lleva su nombre. Hoy, la postal sigue siendo bella por la prepotencia de su naturaleza, pero el tejido social que la habitaba parece estar cediendo ante la anestesia de la indiferencia. Nos hemos convertido en espectadores impávidos de nuestra propia fragmentación, y los síntomas de esa mutación están a la vista de cualquiera que decida levantar la mirada.
Es que la pérdida de la idiosincrasia que nos supo identificar no ocurre de golpe, sino en un goteo imperceptible pero feroz. Se nos nota, por ejemplo, en la pasividad con la que hoy aceptamos el cierre silencioso de las persianas industriales. En aquel Tandil del «nosotros», el declive de una metalúrgica histórica o el derrumbe de una pyme local hacían crujir a la comunidad entera; la herida de un trabajador era una herida en el cuerpo social. Hoy, anestesiados por el egoísmo del siglo XXI, asistimos impávidos a esas persianas que caen, procesando la crisis como un fracaso estrictamente privado y personal del que se quedó sin empleo, al que cerró su comercio, empresa, mientras el resto mira de reojo, aliviado de que esta vez la guillotina pasó de largo. Rompimos el lazo de la solidaridad productiva y, en el mismo movimiento, resquebrajamos las reglas del juego que nos dimos para habitar este suelo.
En esa línea de ideas, El Plan de Ordenamiento Territorial, que nació como un ordenador para proteger el paisaje y los recursos de todos, aunque con defectos, y sin debates que debieron venirse dando, sucumbe y sucumbió a diario ante el urbanismo del ombligo. La proliferación de construcciones por fuera de la norma no es más que la soberbia de quien decide levantar su pequeña Torre de Babel privada, su vista exclusiva a la sierra, dinamitando el patrimonio común, y a eso el poder público, acompaña el ostracismo de la comunidad, permitiéndoles, ya sea de forma pasiva o activa el incumplimiento al ordenamiento.
Es el triunfo del capricho individual por sobre el mapa compartido, una micro-anarquía que derrama sus consecuencias hasta en el cordón de la vereda, donde la mugre cotidiana expone el desapego más absoluto. Nos estamos acostumbrando a ver las ratas cruzar de cordón a cordón, a tener un brote de hantavirus, a que todas nuestras cuadras aparezcan sucias, como si no fuera de nadie, nos volvimos militantes del clic, vecinos que se indignan con vehemencia en las secciones de comentarios de los portales digitales pero caminan esquivando la basura que ellos mismos generan o sacan a destiempo. Si el living propio está limpio, que la calle explote; total, el espacio público dejó de ser la casa de todos para convertirse en tierra de nadie. Sacamos la basura a cualquier en cualquier horario, de cualquier forma, la recolección deficiente que también hace lo suyo, una sintomatología completa de un egoísmo que nos atomiza como sociedad.
Quizás el símbolo más poético y brutal de esta metamorfosis sea el reemplazo sistemático del adoquinado por el cemento gris y uniforme. El adoquín, ya casi un mito tallado a mano por la épica de nuestros pioneros canteristas, era la viva imagen de nuestra vieja idiosincrasia: el triunfo del encastre, piedras rústicas y desiguales que solo cobraban fuerza e indestructibilidad cuando se sostenían solidariamente unas con otras. El cemento que hoy lo tapa es la masa rápida, lisa y fría de la modernidad líquida. Asfaltamos la memoria colectiva para que el tránsito de nuestros autos individuales sea más cómodo, tapando la huella del esfuerzo compartido, nuestra historia, como si no fuera nuestra.
Tandil siempre fue bella por sí misma, por la prepotencia de sus piedras y la gracia de sus valles, pero lo que la transformó en una de las mejores ciudades del mundo, a pesar de cualquier dificultad logística, fue su gente. Hoy, esa matriz humana parece estar extinguiéndose bajo el peso de la apatía. Si el egoísmo del «sálvese quien pueda» termina por ganarle al proyecto colectivo que nos fundó, nos quedaremos habitando una hermosa postal, sí, pero irremediablemente vacía de comunidad.




