Por el Lic. Ezequiel Escudero Cuerda.
El denominado corolario Trump a la Doctrina Monroe significó el trazado de la nueva política exterior de los Estados Unidos para su hemisferio occidental. Había recursos disponibles, desde funcionarios con pasado – y partida de nacimiento – latino, pasando por un Comando Sur reforzado, dispuesto y listo para intervenir en cualquier rincón hemisférico, hasta llegar al propio FMI y otros organismos con instrumentos financieros disponibles, entre otras ofertas a pedir de todo aquel gobernante latino que se sumara a la ola naranja trumpista.
La Nueva Doctrina de Seguridad Nacional se convertía en el instrumento legitimador, desplegando una narrativa sobre el continente (en apariencia, novedosa) que prometía orden, paz, prosperidad y, sobre todo, seguridad, a cambio de alineamientos irrestrictos a las políticas de la Casa Blanca y del Pentágono, era la predica del movimiento MAGA. En este escenario de proyecciones sobre la totalidad del territorio continental y con la premisa de cerrar filas en torno a la supremacía de Washington, el Escudo de las Américas serviría de base instrumental, narrativa y operativa para garantizar el éxito de esta versión doctrinaria moderna: garantizar la seguridad interna, exteriorizando las tensiones y los conflictos.
Este tipo de caracterización del nuevo paradigma en torno a las esferas de influencia como eje central del territorio, visto como un espacio de poder, desde la geopolítica (sobre todo de los recursos) pero también desde la geoeconomía, se sustentaba desde el punto de vista discursivo y político en la idea de autocracia, expresada por el propio Trump y los principales referentes del nuevo poder, Elon Musk, Peter Thiel y los grandes magantes de las empresas tecnológicas y las vinculadas al complejo militar industrial y petrolero. Esta nueva doctrina política se encolumnaba detrás de nociones como el rechazo a las reglas democráticas (J. Vance – vice de Trump – es un declarado anti democracia), la negación de legitimidad para los oponentes sea cual sea su naturaleza, un permanente estimulo a la violencia en todas sus formas, y la propensión a restringir las libertades civiles. Una versión de la derecha estrechamente relacionada a la autocracia como forma de gobierno predilecta ¿Qué podía salir mal?
Las derivas de la debilidad. Sin embargo, y contra todos los pronósticos – y el poder económico y financiero inclinando la balanza – la respuesta de las urnas daba signos de resiliencia democrática o, al menos, de un grado elevado de conciencia del significado de perderla a manos de este tipo de actores. Las elecciones en Israel, donde la conformación de un parlamento afín al premier Netanyahu se ve cada vez más lejana; la histórica remontada de Lula en Brasil, dando un duro golpe a la derecha bolsonarista; el escándalo de corrupción y saqueo a las arcas publicas que desencadenó la renuncia de Peña Nieto a la presidencial del Paraguay; y, sobre todo, la contundente victoria demócrata en las elecciones de medio termino en los Estados Unidos.
El control de ambas cámaras – amplia mayoría en la de Representantes y holgada en la de Senadores – a partir de enero del próximo año por parte de los demócratas, no solo modifica la fisionomía interna de las relaciones político-partidarias en el país del Norte, sino que reconfiguran los vínculos con el hemisferio, al menos volviéndolos un poco más institucionalistas. Desde el punto de vista interno, se abren interrogantes en torno a la figura del propio Trump, pero también de sus principales ministros. Aspectos vinculados con los salvatajes a la administración Milei, que no pasaron por el congreso; el desvió de fondos destinados a la guerra en medio oriente; los altos costos de vida que se dispararon a partir de la decisión de atacar a Irán y que siguen aún hoy golpeando a los granjeros (explicando el cambio de color político en Texas, por ejemplo); la legalidad de la guerra arancelaria, en clave de instrumento político; hasta el caso Epstein, quizás el escenario que menos favorezca de manera directa a Donald Trump. Todo, claro, sin dejar de soslayar la posibilidad del juicio político como instrumento de acción de la oposición empoderada.
Zona de interés. En lo que va del año 2026, la presuntamente infranqueable derecha global encolumnada detrás de la figura pragmática y transaccional de Donald Trump, ha pasado por el tamiz de algo más que derrotas políticas, que marcan del lado argentino el camino al ostracismo de una diplomacia fallida y de la sucesión de errores no forzados en política exterior. Es que el realismo periférico carece, hoy, del contexto que lo vio nacer en los ´90 con la ascendente globalización, una conducción triunfante de los Estados Unidos que afianzaba su poder a través del consenso de Washington, proceso al que la Argentina de Carlos Menem se aferró en ese marco y contexto regional particular.
En este presente – bastante diferente al de la década del 90 – la derrota de Trump arrastra al gobierno argentino, quizás como a ningún otro. Los referentes de la derecha hemisférica, sobre todo Javier Mieli, han hecho propia cada batalla ganada en un camino rotundo hacia el éxito, que parecía no tener obstáculos visibles. Frente a este tipo de derrotas, se torna imposible ¨sacar el cuerpo¨ y evitar las consecuencias.
Pero la caída no es solo en clave gramsciana, en torno a la batalla cultural, dado se esperan tiempos difíciles para la administración libertaria. Cambios en el gabinete de Trump, donde S. Bessent, como representante del Tesoro es una figura clave dentro del marco de relacionamiento entre Argentina y sus acreedores formales; el Senado puede prohibir salvatajes futuros – y judicializar los existentes –, no sólo para Argentina, sino para toda la región, que se hicieron a través del uso de fondos de los contribuyentes norteamericanos, en un contexto de crisis interna, son elementos que entrarán en tensión a partir del peso específico de la oposición en el Congreso, y que tendrán especial impacto en Argentina.
Las disputas políticas en clave geopolítica quizás no tengan mayores cambios, respecto a la orientación de la política exterior, pero todo lo relativo a nuevos puertos marítimos estratégicos, nuevas bases militares, infraestructura critica para el desarrollo de energía (como puntales de la estrategia de salvatajes financieros a cambio de acuerdos en minería infraestructura, hidrocarburos, tecnología, seguridad, manejo de vías hídricas y control de fronteras), deberá pasar necesariamente por el Senado y contar con su aprobación.
La resistencia democrática frente al poder feudal de los tecno magantes, y frente al atropello impune de la política autoritaria, vuelven a poner en discusión la estrecha relación entre democracia y libertad. Una ola azul que parece tener suficiente empuje como para atravesar fronteras, en un hemisferio convulsionado, pero también dispuesto a dar la discusión en un marco democrático, colectivo, apostando al dialogo, a la paz y a la soberanía de los (resistentes) pueblos.




