Por el Lic. Ezequiel Escudero Cuerda.
Brasil es, en la actualidad, la octava economía del mundo, en líneas generales los indicadores macroeconómicos lo muestran como un emergente pujante; su política exterior, con ciertos niveles de autonomía respecto del Palacio del Planalto, diseñada por una de las cancillerías de mayor prestigio a nivel global – Itamaraty –, lo ha puesto dentro del grupo de países llamados a encabezar los designios del Sur Global, a la par de China, India y Rusia; la pobreza estructural en el interior del quinto país más extenso territorialmente hablando, se ha reducido a niveles récord en la historia reciente; los rigurosos mercados internacionales lo observan con aceptación – su riesgo país no supera los 100 puntos –, al igual que una burguesía nacional e industrial que no parece sentirse tan incómoda con el Partido de los Trabajadores y sus políticas. Sin embargo, porque lo importante (dicen) viene después del “pero” o de la “coma”, nada de esto parece suficiente al momento de garantizar la continuidad del modelo. La política se ha vuelto impredecible al momento de evaluarla a partir de resultados electorales.
Apatía, individualismo, desafección, pérdida de credibilidad en las instituciones de la democracia, altos índices de abstención (solo contando el caso de la reciente primera vuelta en Brasil, más de 33 millones de ciudadanos no asistieron a las urnas), pueden hallarse como factores decisivos al momento de analizar resultados: el voto castigo parece emerger como el mejor sintetizador; no obstante lo cual, lejos estamos de completar el combo analítico que nos permita explicar la realidad en calve de política electoral. Lo que el progresismo no moviliza, la derecha lo convierte en electorado cortoplacista funcional, con una notable capacidad para capitalizar el miedo y la nostalgia por un pasado idealizado.
La democracia pendular
Si alguien hablara de la maldición de los oficialismos no estaría tan alejado de la realidad, al menos la que muestran las fotos, pero quizás la película sea otra, también puede ser esto cierto. Porque lo que habría que incorporar a esa lectura atravesada por la maldición, es el interrogante respecto a qué tipo de oficialismos estarían envueltos por energías oscuras. Y ahí la cosa cambia.
Haciendo un corte en el periodo que nace en el año 2020 y llega hasta nuestros días de octubre del 2026, la observancia en términos de corrientes políticas gobernantes – tomando la polarización izquierda-derecha, cabe aclarar – muestra un hecho inédito, aunque no del todo sorprendente. A excepción de México, Cuba y el vecino Uruguay – Brasil hoy es una incógnita a la espera de resolverse el próximo 25 de octubre – el resto de los países están siendo gobernados por expresiones de derecha, más o menos conservadores, moderadas y extremas, derechas, en definitiva, que dominan Centro América, el Caribe y el Sur del continente. Desde el primer mandato de Donald Trump en los Estados Unidos (a comienzos de 2017 y potenciado por el segundo que inició en 2025) varias de las opciones de derecha que resultaron triunfantes en las urnas contaron con el apoyo a cielo abierto del mandatario republicano.
Sin embargo, y más allá del peso del presidencialismo pragmático y transaccional que caracteriza a Trump, nada de esto sucede simplemente por el lado de la intuición y del impulso. En enero del corriente año, el Pentágono anunciaba la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSD-26), poniendo en el centro al hemisferios occidental, además de llevar a cabo las acciones necesarias para contener a China. Una estrategia que advierte de la importancia de los recursos y la geopolítica del continente, al mismo tiempo que dispone de toda la estructura militar necesaria para garantizar la seguridad nacional fuera de las fronteras. Algo parecido a lo que terminaría ocurriendo un mes después con el secuestro exprés de un presidente en ejercicio. Corolario Trump de la Doctrina Monroe, así se llama la obra.
El repertorio incluye no solo apoyo e intervenciones armadas cuando las circunstancias así lo requieran, sino también dispositivos de ingeniería digital de avanzada, propaganda política en apoyo a “candidatos amigos”, guerra ideológica y religiosa – el 27 % de los brasileros asiste a una iglesia evangélica –, espionaje, contratistas privados, presión a la justica, etc. Un cambio radical, respecto a las prioridades de los Estados Unidos a nivel global, que no solo se expresa en el repliegue de tropas y la reducción de fondos destinados a apoyar regímenes afines fuera del continente – recientemente y después varios lustros, ha retirado la totalidad de sus tropas de Irak –, sino también en poner a disposición de dichos objetivos todas las agencias y el aparato mediático ultra conservador.
Zona de interés
Asistimos a un primer cuarto de siglo en donde la derecha – al menos en Latinoamérica y en el Caribe – se ha consolidado como una fuerza política capaz de disputar el poder y poner en el centro del debate el rumbo de la economía, la seguridad y el bienestar de la población. Esto se da por la confluencia de una serie de elementos que recogen parte de los principales fundamentos sobre los que la historia y la filosofía han tratado de explicar el comportamiento de las masas. Porque, hay que decirlo, no es solo a partir del peso y la influencia de los Estados Unidos que la derecha triunfa en cada sección electoral continental.
El neoliberalismo – en su versión actual – transita por una faceta inmaterial, tan abstracta como pragmática, en cuyo proceso logra moldear comportamientos a gran escala, reemplazando incluso procesos dictatoriales que desestabilizaban las democracias por todos los rincones del hemisferio occidental. Hoy el Plan Cóndor sobrevuela el territorio con mayor sofisticación, casi sin ser visto. Existe una articulación entre agencias internacionales (gubernamentales, inclusive) sectores del poder judicial local, grandes conglomerados de firmas que dominan medios de comunicación, holdings de empresas ligadas a las cadenas de valor en torno a la infraestructura crítica y los recursos naturales, que operan como un mecanismo de dominación, funcionales a las viejas prerrogativas militaristas de los Estados Unidos, que nacieron en el siglo XIX y se reacondicionaron para fundamentar la etapa actual de su política exterior. En el marco de la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, el movimiento MAGA, la doctrina DONROE, hoy se explica el concepto que acuñaría Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel referido a la batalla cultural.
Ese concepto apropiado por la derecha que sintetiza el esfuerzo deliberado por disputar los valores, los símbolos, la narrativa, la identidad, con la que las clases populares interpretan su propia realidad, hasta bordear el autoflagelo. El capitalismo solo es superado por el capitalismo, la democracia se somete a sus reglas; no hay alternativa al capitalismo, esto subordina ideológicamente y genera resignación, nostalgia y hasta impotencia. Pero no es desde Gramsci o pensadores de la filosofía moderna que se aborda el fenómeno de la derecha, la relación con la democracia y su divorcio – aparente – con los oficialismos. La receta tiene otros ingredientes.
Parafraseando al Indio Solari, hay algo que es percibido y cooptado por la derecha en líneas generales, la idea de que el futuro ya llegó. Y este arribo, no se da solo a partir de la consolidación de intereses geopolíticos o elementos exclusivos de la economía; sucede que, en momentos de incertidumbre social, económica y cultural, las derechas han conseguido movilizar pasiones, a partir de trabajar conceptos ligados al orden, la seguridad y la estabilidad. El conservadurismo, abrazado al extremo de la derecha en algunos casos – Bukele, Milei, Bolsonaro, el propio Trump, claro – ha calado hondo en la percepción de que se están perdiendo posiciones, privilegios o certezas que durante mucho tiempo fueron consideradas naturales. Para algunos sectores, los cambios sociales dejaron de representar avances y comenzaron a vivirse como una amenaza a una forma conocida de entender la familia, la identidad, las relaciones entre hombres y mujeres y hasta el lugar que cada quien ocupaba en la sociedad. Esto no solo no está siendo abordado desde un debate serio y programático por el amplio abanico del progresismo, sino que está abriendo una brecha cada vez mayor entre el sujeto político y su representatividad, en el marco de la democracia.




