Por Nicolás Guadagna.
En las últimas tres ediciones de ARquitectura Hablada —mi columna quincenal en el programa Es lo que Hay (Radio Voz), junto a Leandro Elissondo y Simón Ventos—, intercambiamos sobre un tópico recurrente en distintas charlas: «Tandil, la mejor ciudad del mundo». Fue un debate con argumentos a favor, con cuestionamientos al tejido urbano existente y con planteos para transformaciones realizables. De esa trilogía radial surge este texto de opinión.
Las ciudades influyen directamente en el comportamiento humano: evidencian cómo nos relacionamos entre nosotros y con el entorno. En función de esto, lo que puede posicionar a Tandil como la mejor ciudad del mundo es, en primera instancia, su escala humana. La escala humana es la dimensión que transforma nuestra percepción espacial, condicionando la experiencia urbana al estimular los sentidos e influir en el bienestar. ¿Qué significa esto en la práctica? Que nuestro campo de visión no se ve abrumado por grandes construcciones, sino contenido por el horizonte del paisaje serrano que nos rodea. Significa que nos desplazamos a pie de manera segura por la mayoría de las calles, que los tiempos de traslado son breves en comparación con las grandes metrópolis y que en general, existe la peatonalidad. No hay murallas ciegas hacia la calle: hay ventanas, comercios, patios delanteros y, como señalaba Jane Jacobs, «ojos en la calle» cuidando la vida comunitaria.
En este análisis cobra valor la condición de ciudad intermedia, aunque prefiero utilizar el verbo más que el adjetivo: la capacidad de intermediar. Tandil intermedia para que las cosas sucedan. Permite desde el encuentro fortuito en una esquina con un amigo, hasta cruzar palabras con referentes de la política local mientras caminamos, facilita gestionar proyectos o resolver múltiples actividades en el mismo día sin el desgaste de las grandes ciudades.
A este dinamismo se suma su valor estratégico en el mapa: está ubicada en el centro geográfico de la Provincia de Buenos Aires. A veces lo mencionamos al pasar y no dimensionamos su impacto. Estar en el centro implica ser un nodo natural de convergencia donde, a escala provincial, todos los caminos conducen a Roma.
Finalmente, este argumento se sostiene sobre una economía diversificada que articula turismo, comercio, agro, software, industria metalmecánica y una consolidada condición de ciudad universitaria. La fortaleza de Tandil no radica solo en la variedad de sus sectores, sino en la capacidad de amortiguar las crisis: cuando un motor se desacelera, los demás sostienen el ecosistema local, consolidando un territorio donde la calidad de vida y el desarrollo tratan de caminar a la par.
Sin embargo, siguiendo con la secuencia planteada en la radio, no todo es un cuadro perfecto. Corresponde señalar los debe: cuáles son los compromisos más urgentes que tiene la ciudad para convertirse en eso que pretendemos que sea.
Hablamos de peatonalidad, pero no necesariamente de caminabilidad. Tandil comienza a estar atestada de vehículos: aunque los trayectos siguen siendo más cortos que en una gran ciudad la percepción de tráfico y conflicto ya forma parte de la experiencia cotidiana. Nuestra concepción del espacio público continúa profundamente atravesada por el uso del automóvil particular como medio de transporte hegemónico.
Para sostener su escala, Tandil debe priorizar y potenciar la caminabilidad. No se trata de eliminar el auto, sino de entender que la ciudad sigue siendo demasiado amiga del vehículo motorizado, incluso para trayectos de pocas cuadras. Potenciar el desplazamiento a pie genera múltiples beneficios: combate el sedentarismo, dinamiza el comercio local y facilita el encuentro interpersonal. Mientras el automóvil tiene como único objetivo el destino, la caminata prioriza el valor del camino.
A estas deudas se suma el compromiso territorial más complejo que arrastramos: superar las dos fracturas urbanas que dividen la ciudad. Por un lado, la RN226; por el otro, la traza ferroviaria. Lo que en el siglo XIX nació como el motor del progreso industrial y la conexión nacional, hoy opera como una barrera física y simbólica que fragmenta el tejido. No podemos sostener el discurso de una ciudad integrada mientras sigamos utilizando expresiones como «cruzar la ruta» o estar «detrás de la vía» para marcar diferencias en la calidad del espacio público y la conectividad. Transformar la traza de la RN226 y dotar de permeabilidad transversal a las vías del tren, para vincular orgánicamente la ciudad, no son solo desafíos de ingeniería vial: son la condición necesaria para un desarrollo urbano equitativo.
Nuestra identidad está profundamente atravesada por el entorno serrano. Por eso, la falta de accesos públicos consolidados para recorrer las sierras resulta una gran contradicción. Existe una tensión constante entre el derecho a la propiedad privada y la certidumbre sobre el uso de nuestro patrimonio natural. Esta incertidumbre va desde los debates sobre la validez de construir en el cordón serrano, hasta la paradoja de los alambres que mágicamente se bajan y las tranqueras que se abren únicamente cuando hay eventos deportivos.
Si bien el turismo deportivo es un gran activo para la economía local, existe el peligro latente de la turistificación: ese proceso mediante el cual el territorio se transforma para satisfacer de forma exclusiva a los visitantes, en detrimento de la calidad de vida y las necesidades de los vecinos. No quiero parecer dramático: está claro que existen sectores públicos de acceso libre y seguro. Sin embargo, todos sabemos que, en la práctica cotidiana, muchas veces terminamos saltando alambrados para tomar mate en los lugares que sentimos propios pero que la norma nos niega.
Ingresando al último tramo de la trilogía —zona de los deseos alcanzables—, quiero contar las dos transformaciones factibles que le darían a Tandil un verdadero salto de calidad. Proyectar y construir infraestructura pública siempre ha sido un vector de desarrollo.
El primer anhelo realizable es la creación de un polideportivo público de alta jerarquía. Sin exagerar, muchas veces al año me pregunto cómo una comunidad como la nuestra, cuna de deportistas de élite mundial y que contagia deporte en cada rincón, no tiene este tipo de infraestructura. La clave de esta decisión no reside únicamente en su escala edilicia, sino en su localización estratégica: debe proyectarse donde actúa como un motor de crecimiento, contenga socialmente y supla la falta de equipamiento urbano. Para empezar a equipar con centralidad de calidad el cuadrante delimitado por la RN 226, las calles Pedersen, Buenos Aires y la Avenida de Circunvalación, la ubicación de un centro deportivo en este sector sería una respuesta estructural. Su viabilidad radica en un esquema de gestión mixta: durante la mañana y la tarde, el espacio funcionaría bajo órbita pública para el desarrollo deportivo de las escuelas y de la comunidad de los barrios cercanos; hacia la noche, la concesión a un privado para la explotación de eventos permitiría financiar su mantenimiento y dinamizar la economía local. Invertir en arquitectura pública en las periferias consolidadas no es un lujo: es la forma más concreta de empezar a coser la ciudad.
Por último, el segundo deseo factible es la consolidación de una red de bicisendas. Se trata de una infraestructura de muy bajo costo y altísimo impacto, donde la movilidad sostenible y la salud pública se resuelven en un mismo movimiento. La clave es proyectar trazados con inicios y destinos reales, concebidos para la vida cotidiana y no como meros circuitos recreativos de fin de semana. Los beneficios son múltiples: permite que madres y padres comiencen a otorgar autonomía a sus hijos gracias a un entorno de traslado seguro, y ofrece a quienes no utilizan el transporte público un medio de locomoción económico, accesible y de nulo impacto ambiental.
Para seguir manteniendo la escala humana, evitar que grandes construcciones tapen las visuales hacia las sierras o dejen conos de sombra sobre el vecino por la saturación de las mismas, y mejorar la calidad de lo que se edifica en el cordón serrano —discusión acalorada si las hay—, en tiempos de debate sobre modificaciones al PDT creo que estamos a punto caramelo para explorar el concepto de porosidad urbana.
Tandil tiene la escala, la geografía y las condiciones para dar estas discusiones. Reconocer sus virtudes no nos debe privar de señalar sus deudas, del mismo modo que exigir transformaciones no implica pedir imposibles. Pensar la «mejor ciudad del mundo» no es un ejercicio de soberbia localista —o sí, ¿y qué?—, sino el compromiso de proyectar, día a día, un territorio más equilibrado.




