Por Alejo Inza.
Cuando recorremos las calles serranas, observamos rápidamente lo que se ha convertido en un consenso insoslayable: Tandil ya se transformó. Ese proceso, que impuso desafíos económicos, urbanos y sociales que son objeto de constante debate local, no es ya propio de una evolución hacia una ciudad intermedia que hace años podía generar incertidumbre, sino, contrariamente, es el punto de partida sobre el que debemos administrar una tensión histórica que ahora se presenta mucho más compleja: ¿cómo crecer sin transformar la identidad?
Algunos episodios de conflictividad social recientes, ciertos déficits de infraestructura que se visibilizan en algunos barrios, la tendencia expansiva urbana y la naturaleza de algunos proyectos inmobiliarios, entre otros, son percibidos como alertas (cada vez más frecuentes) de una dirección de cambio que, si continúa inalterada, puede profundizar una tendencia que ya existe y empieza a tener consecuencias de difícil reversión en la forma de progreso, de cercanía, de comunidad y armonía con el ambiente natural que han sido pilares de una esencia, una forma de cotidianidad, que explicaban por qué al vecino le “gusta vivir en Tandil”.
Cuando discutimos la perspectiva de futuro que tiene la ciudad (por ejemplo, la “Agenda 2050”), lo hacemos, implícitamente, motivados por la consideración anterior. Si vemos que la transformación de los últimos años no es sostenible, ¿qué nos imaginamos en 5, 10 o 15 años? La velocidad y magnitud de los cambios parecen haber activado una sensibilidad social, bastante transversal en la opinión pública, que ve este momento como un “punto de inflexión” en la trayectoria de crecimiento. Esto implica una serie de definiciones nuevas, propias de una nueva etapa.
Frente a este posible riesgo, que no admite una visión nostálgica (anhelar lo que alguna vez fue), ni tampoco una postura resignada, o lenta, deberíamos llamar la atención no sobre los desafíos de gestión que ya han sido bien diagnosticados, sino sobre el eje principal – la tensión que explicitamos al principio – que va a dominar el diálogo de la próxima década entre el sector público, la opinión pública y las organizaciones y actores privados locales sobre cómo queremos crecer.
Lo anterior se relaciona con los roles que cada parte involucrada deberá desempeñar en la tarea de revisar el ordenamiento actual; particularmente, el que concierne a la política local en la administración de esta constante tensión mediante sus políticas públicas.
Aunque en ocasiones haga falta aclararlo, la política tiene una función imprescindible en la conducción del proceso que viene, lo que agrega un desafío adicional al de la administración dado el estado de deslegitimación social que debe revertir. En otras palabras: es un problema que se perciba que el sector público y sus herramientas no deban tener un rol, o deban reducirse a una expresión mínima, en la proyección y materialización de “la ciudad que nos imaginamos”.
Plantémoslo de otra manera: ¿quién estaría dispuesto, en la actualidad o en el futuro, a convertirse en el responsable que, por omisiones o resignación a tomar una postura firme frente a la presión de “impedir el desarrollo”, rompa el paisaje serrano local que junto al tejido social comunitario y las oportunidades de progreso, entre otros elementos fundamentales, se han mantenido con bastante armonía durante las respectivas evoluciones que tuvo la ciudad, como bien lo registró el compilado publicado por la UNICEN, “Tandil: de aldea a ciudad (1823 – 2023)”.
A pesar de la innegable desconexión que existe entre la política y la ciudadanía, hay poco margen para compatibilizar una postura que exija o espere respuestas municipales y, a su vez, que cuestione la participación del sector público para establecer lineamientos que mitiguen los impactos del crecimiento que, al final, son contraproducentes para el día a día y ponen en riesgo aspectos que el vecino valora de la experiencia urbana cotidiana. Más aún, el margen para demandar soluciones sin política es menor, dada la tendencia, consolidada en los últimos años, según la cual los municipios han asumido gradualmente más responsabilidades como respuesta a los déficits provinciales y nacionales.
Entonces, ¿qué podemos concluir? El problema no es el crecimiento, sino continuar una trayectoria que, por la razón que intentamos plantear, está generando más alarmas que optimismo. El riesgo de que la transformación modifique aspectos que no queremos (por fuera de lo estético, que importa, pero tiene una jerarquía menor) es una motivación que justifica un rol preponderante de la política local en el debate sobre el ordenamiento urbano y la integración social.
Como el voluntarismo en la política es ingenuo y nos sesga para reconocer las dificultades que realmente tiene la gestión, el enfoque más constructivo consiste en acercar disparadores que contribuyan a que la política sume audacia y velocidad para responder. Algunos de ellos, como los que planteó Azul Balbiani en materia de turismo sustentable, son ejemplos de cómo puede pensarse la continuidad de un desarrollo que produzca un equilibrio que administre un impacto no deseado.
La ventana de oportunidad para actuar no se cerró. Quizá, percibimos que su horizonte temporal se redujo por la rapidez y escala inesperadas con las que Tandil creció. Con esa visión, no hay oportunidades perdidas sino la necesidad de atender la activación de un mandato social que ahora pide sumar a la ecuación la sostenibilidad de algunos elementos de la forma de vivir tandilense, por cómo se relacionan con la experiencia cotidiana y la proyección de los vecinos, que no queremos resignar.




