Mundial, apuestas y gratificación inmediata: el espejo de una sociedad que dejó de esperar

Por Guadalupe Gárriz.

Cada Mundial tiene sus rituales: las reuniones con amigos, con la familia, con compañeros de trabajo o de escuela; las camisetas, las cábalas, la emoción de compartir aquello que se esperó durante cuatro años. Un Mundial organiza conversaciones, crea rutinas y encuentros, produce estados de ánimo. Durante esas semanas parece que todos habitamos un mismo calendario.
Pero en los últimos años apareció un protagonista nuevo. Al calor de esa mística colectiva crecieron, con una fuerza difícil de ignorar, las plataformas de apuestas online. Hoy resulta casi imposible mirar un partido sin que aparezcan promociones para apostar el resultado, el próximo gol, la cantidad de tiros libres, si habrá penales o quién recibirá la siguiente tarjeta amarilla. El partido ya no sólo se juega en la cancha: también se juega en la pantalla del teléfono.
Podría pensarse que se trata simplemente de una nueva forma de entretenimiento. Sin embargo, el fenómeno parece decir bastante más sobre nuestra época. Las apuestas deportivas condensan dos procesos que hoy atraviesan buena parte de nuestra vida cotidiana. Por un lado, una economía digital que transforma cada minuto de atención en una oportunidad de negocio. Por otro, un clima social donde el futuro suele percibirse como incierto y donde el esfuerzo, para la mayoría de las personas, ya no alcanza a garantizar una vida mejor.
Es en esa intersección donde las apuestas encuentran un terreno especialmente fértil. No sólo porque prometen una recompensa económica inmediata, sino porque apelan a un modo de imaginar el porvenir. Allí donde los proyectos se vuelven frágiles y el horizonte aparece cada vez más incierto, gana lugar la expectativa de un acontecimiento extraordinario: un golpe de suerte, una oportunidad inesperada, una jugada capaz de modificar el destino en cuestión de segundos. La magia aparece allí donde el futuro parece haberse vuelto inaccesible por otros caminos.
No es casual que durante un Mundial esta lógica encuentre su escenario ideal. La pasión deportiva alimenta la ilusión de que conocer sobre fútbol puede convertirse también en una forma de ganar dinero. El problema es que el negocio de estas plataformas no depende de los conocimientos en la materia para acertar el resultado. De hecho está comprobado que saber o no saber no tiene un correlato con ganar o perder. El negocio está en que volvamos a apostar una vez más. Una y otra vez. Su éxito no reside en el premio, sino en la repetición.
En este punto las apuestas dejan de ser una excepción para convertirse en un ejemplo. Las redes sociales, los videojuegos y las plataformas de apuestas comparten mecanismos de funcionamiento sorprendentemente similares: recompensas variables, notificaciones permanentes, algoritmos de personalización y estímulos diseñados para prolongar el tiempo de permanencia. El objetivo ya no consiste solamente en ofrecer un servicio, sino en mantener nuestra atención el mayor tiempo posible.
Por eso las apuestas hacen visible una dinámica que ya existe en muchas otras plataformas. Lo que allí aparece de manera explícita —la expectativa constante de una recompensa inmediata— también organiza buena parte de los consumos digitales contemporáneos. Cambian los contenidos; la lógica permanece.
Esto no significa demonizar la tecnología ni afirmar que toda persona que apuesta desarrollará un problema. Tampoco supone negar la responsabilidad individual. Pero es imperioso comprender que existen contextos altamente determinantes, y que hoy existen industrias enteras dedicadas a diseñar experiencias cada vez más persuasivas para captar nuestra atención, moldear nuestros hábitos y aumentar el tiempo que permanecemos conectados. Pensar las apuestas exclusivamente como una decisión individual equivale a ignorar el enorme desarrollo de estas tecnologías de persuasión.
Las consecuencias exceden la eventual pérdida de dinero. La dificultad para desconectarnos, la impulsividad, la ansiedad frente a la espera, la necesidad de gratificación inmediata o ciertas formas de sufrimiento psíquico parecen dialogar con un ecosistema digital que premia la inmediatez y dificulta los tiempos largos que requieren los vínculos, el aprendizaje o la construcción de proyectos personales. Sería simplista atribuir estos fenómenos exclusivamente a las tecnologías digitales, pero también sería ingenuo desconocer el papel que desempeñan en la configuración de nuestras formas de atención, de deseo y de relación con el tiempo.
Quizás por eso el debate que abre este Mundial trasciende las apuestas online. Se trata de preguntarnos qué tipo de subjetividad estamos construyendo cuando naturalizamos plataformas cuyo negocio consiste en captar, retener y monetizar nuestra atención. Qué sucede cuando comenzamos a habituarnos a que el valor de una experiencia dependa de la intensidad del estímulo, de la velocidad de la recompensa o de la promesa permanente de que la próxima vez puede ser la definitiva.
Problematizar las apuestas no implica cuestionar un entretenimiento aislado. Implica aprovechar una escena cotidiana para mirar algo más amplio: la forma en que nuestra época produce modos de sentir, de esperar y de imaginar el futuro. Porque quizás el verdadero riesgo no sea que durante un Mundial apostemos más. El riesgo aparece cuando la lógica de la apuesta deja de limitarse a una plataforma y empieza a organizar nuestra manera de habitar el mundo. Cuando empezamos a creer que el bienestar depende menos de construirlo que de acertar. Que el futuro llegará por un golpe de suerte y no por procesos, vínculos y proyectos sostenidos. Las plataformas de apuestas simplemente encontraron la manera más eficaz de convertir esa expectativa en un negocio.
Por eso es probable que el desafío no consista únicamente en regular las plataformas de apuestas o en discutir sus formas de publicidad. El desafío es preguntarnos qué clase de relación con el tiempo estamos aprendiendo a construir. Si todo debe ser inmediato, si toda espera resulta intolerable, si todo esfuerzo parece insuficiente frente a la promesa de una recompensa instantánea, entonces no sólo cambian nuestros consumos: cambia nuestra manera de vivir. Los proyectos, los vínculos, el aprendizaje, la crianza, el trabajo creativo e incluso la salud mental requieren tiempos que no pueden acelerarse. Allí aparece una tensión profunda entre la lógica de las plataformas y la lógica de la vida.
Insisto en la necesidad de entender que estamos frente a un profundo problema de época en donde nadie queda afuera. No es solamente que cada vez apostamos más. Tal vez sea que nos cuesta cada vez más apostar por aquello que necesariamente lleva tiempo: amar, aprender, elaborar un duelo, hacer una tesis, tener un oficio, hacer amigos, sostener una crianza, hacer una transformación personal, requieren tiempo. La vida psíquica está hecha de tiempos largos. Ninguna de esas experiencias ofrece recompensas inmediatas. Todas exigen atravesar incertidumbres. Y, sin embargo, son justamente las que terminan dándole espesor a una vida.

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