A poco de transcurrido el conteo final de una de las votaciones que van a quedar en la historia de Brasil, el PT de la mano de su resiliente líder, daba vuelta una elección que parecía imposible de remontar. Redes sociales, por un lado, territorio por otro, fueron parte de las estrategias de campaña para revertir algo más que una elección presidencial. En efecto, el próximo 5 de enero del 2027, Lula Da Silva asumirá su cuarto mandato al frente de Brasil.
No fueron pocos los interrogantes que comenzaron a circular por las redacciones de los grandes medios globales, por los ordenadores de los analistas internacionales, por los holdings de las grandes empresas multinacionales, por las cancillerías, por la propia Casa Blanca ¿Qué hay detrás del resultado de las elecciones en una de las democracias más importantes del mundo? ¿Tiene techo electoral la derecha y sus variantes?
El caso de Brasil es paradigmático y refleja los extremos de un lado y del otro de la disputa política que gira en torno a escenarios (y propuestas) bien polarizadas, al calor de la fragmentación sistémica, pero también social. La guerra arancelaria lanzada vehementemente por Trump; la amenaza de injerencia interna a través de las fuerzas armadas especiales en la lucha contra el flagelo global del (narco) terrorismo; el aterrizaje de firmas dedicadas a doblegar a la opinión pública y volcarla hacia un candidato en particular; el propio Comando Sur siempre amenazante; la batalla por el control del universo de la comunicación digital, de la mano del gigante Meta, configuraban una tormenta perfecta. Pero, a pesar de casi todos los pronósticos, Lula se impuso.
Esto no debe, sin embargo, ser visto como una crisis sistémica de la derecha. Desde Orbán en Hungría, hasta Bolsonaro en Brasil, pasando por la pérdida del control parlamentario israelí por parte del Likud de Netanyahu, y las dudas que genera Trump dentro del electorado republicano, las derechas se muestran frágiles, al parecer. Pero está lejos de ser una crisis, en principio porque las crisis son sistémicas, y este tipo de derechas, aunque parecieran tener más similitudes que diferencias, se unen más por la impronta de sus lideres que por sus lineamientos políticos coordinados a través de un sistema de gobernanza y propósitos comunes.
Es decir, y como afirman algunos historiadores, estamos en presencia de una familia política heterogénea, donde sus integrantes pueden discrepar sobre economía, política exterior o religión, pero comparten tendencias liberales, discursos excluyentes y una voluntad de confrontar elementos centrales de las democracias pluralistas. Porque lo que sí entró anteriormente en crisis – y permitió la emergencia de esta heterogénea familia de derechas – es el progresismo, el mundo woke, en el lenguaje derechista moderno. La regresión democrática tiene causas diversas y puede producirse bajo ideologías distintas, sin embargo, el ascenso de las nuevas derechas constituye una de las expresiones más visibles de esta crisis. La paradoja es que muchas de estas fuerzas no necesitan abolir las elecciones para debilitar la democracia. Les basta con conquistar el poder mediante ellas y, una vez dentro, modificar progresivamente las reglas de convivencia, reducir los controles institucionales, hostigar a sus adversarios o restringir los derechos de sectores a los que presentan como enemigos. Es dentro de este ecosistema donde las derechas (que hicieron pie de manera sólida) empiezan a ver erosionada su discursiva, atravesada por las contradicciones entre narrativa y realidad.
Parece que anteponer a la recesión más ajuste; que ante la falta de oportunidades – y de futuro – para los jóvenes, se desfinancie la educación pública no arancelada; que ante la caída abrupta del empleo formal y frente a la falta de respuesta de estas derechas a la reconfiguración del paradigma laboral, la respuesta venga de la mano del “sálvese quien pueda” maquillado por el dudoso éxito de la meritocracia; que frente al avance del narcotráfico y la criminalidad se baje la edad de imputabilidad, anteponiendo solo una mirada punitoria; parece, en definitiva, que estas recetas estarían envejeciendo mal, parafraseando a los jóvenes ¿Es esto suficiente para ponerle el ultimo clavo al cajón de las derechas ultras? No.
Sobre las cenizas del orden
Hagamos un poco de recorrida histórica, para comprender mejor el presente. El fin de la Segunda Guerra Mundial significó el punto de partida de la conformación de un (nuevo) orden mundial basado en reglas y premisas que gozaron durante mucho tiempo de legitimidad y solidez. Estos acuerdos globales se resumían en, al menos, tres grandes premisas – que giraron en torno a la conformación de la Organización de las Naciones Unidas y a los sucesivos organismos internacionales que nacieron luego de 1945 –, que tenían como propósito: preservar la paz, promover la cooperación internacional y afirmar que la dignidad humana debía estar por encima de la arbitrariedad del poder. En definitiva, no se trataba solo de evitar la guerra, sino de instaurar normas y procedimientos que pusieran límites a la barbarie y a sus diversas formas. Había que trazar nuevos márgenes.
El advenimiento del Estado de Bienestar, más como una necesidad que como un natural desprendimiento normativo del nuevo orden, y la conformación de dos grandes bloques antagónicos en el marco de lo que se conocería como Guerra Fría, encapsuló las prerrogativas de estabilidad y (una cuota de) paz. El orden bipolar con Rusia y los Estados Unidos tensionando las relaciones en torno a la paz y la guerra, sostuvo cierta tranquilidad hasta su caída (1989-1991). A partir de lo que se consideraba el fin de la historia y lo que supondría un nuevo orden en cabeza de los Estados Unidos de América, como primus inter pares, se estaba gestando un malestar generalizado, producto de un sistema que se reconfiguraba sobre la base de unos pocos beneficiados, frente a un porcentaje cada vez más creciente de personas que iban “cayéndose” de un sistema poco proclive a la contención. No vamos a detenernos demasiado en esto, pero la Pandemia – la misma que pareció mostrar la cara global más empática y humanitaria – profundizaría los descontentos, sin clarificar al mismo tiempo, el rostro de los verdaderos responsables del desastre.
Los Estados de Bienestar, en mayor o menor medida presentes durante la Pandemia, se mostraron primeros en la línea de responsabilidades y con ellos los beneficiarios directos de sus políticas distributivas – graficados, en mayor medida, en los destinatarios de ayuda social y en toda la línea del llamado empleo público estatal.
Esto puede observarse desde una perspectiva histórica, como lo hizo la filósofa Hannah Arendt (en Los orígenes del totalitarismo de 1951), al estudiar las condiciones políticas y sociales que hicieron posibles el nazismo y el estalinismo. Entre sus preocupaciones estaban la destrucción del espacio público, la manipulación de la realidad y la conversión de individuos aislados en masas susceptibles de movilización autoritaria. Equiparar automáticamente a los partidos de derecha radical del siglo XXI con los regímenes totalitarios estudiados en el siglo XX sería un error histórico. Sin embargo, hay que reconocer un peligro que trasciende las ideologías: cuando una sociedad pierde la capacidad de distinguir entre hechos y propaganda, y cuando la pertenencia a un movimiento sustituye al juicio político, las condiciones del debate democrático comienzan a deteriorarse.
Zona de interés
Hegel acuñó la famosa frase, “todo lo que existe merece perecer”, recogida para analizar la filosofía clásica alemana por Feuerbachen el siglo XIX. La necesidad de la cosa, en definitiva, provoca su propia desaparición. Ahora bien, estamos en presencia de anticuerpos que se desempeñan dentro de la democracia. Por más que le pese al ecosistema altamente concentrado de empresarios, filósofos, políticos, jueces y tecnócratas, los nuevos monarcas globales, las reacciones de base aún persisten y envían una fuerte señal.
Flavio Bolsonaro, siguiendo el caso de Brasil, a poco de no reconocer la derrota electoral frente al PT de Lula – cosa que sí hizo su propio partido – se convierte en un prófugo de la justicia de su país. El mismo candidato del establishment y del poder trasnacional, que convenció a millones de conciudadanos de que el cambio era de derecha, renuncia a la lucha política dentro de los márgenes de la democracia. Las derivas autoritarias tienen limites que se manifiestan con menos matices frente a otras formas de la disputa ideológica y política.
Las emociones, convertidas en política, sirven para ofrecer un portafolio de interpretaciones simples para frustraciones que tienen causas estructurales. De esta forma, la inmigración, las políticas de igualdad de género, el feminismo, los organismos internacionales o las élites políticas (la casta), pueden convertirse en responsables de crisis cuyas causas exceden ampliamente su participación. Esta estrategia no supone solo mentir, sino también ordenar la realidad mediante oposiciones emocionales al colocar al pueblo frente a las élites, los ciudadanos honestos frente a los delincuentes, las familias frente a quienes supuestamente amenazan sus valores, la nación frente a los extranjeros.
Sin embargo, y este es el punto de rescate, con la emocionalidad convertida en política no se vive mucho tiempo. La amplia brecha de oportunidades – disimulada por el discurso del mérito como estandarte – entre sectores y clases sociales confronta con la narrativa y los discursos anti Estado de la derecha. Cierto es que los sistemas de protección de derechos no erradicaron las desigualdades, el racismo, los nacionalismos excluyentes ni las estructuras autoritarias. Tampoco eliminaron las crisis económicas y sociales que alimentaron el descontento ciudadano. Los organismos internacionales establecieron normas, compromisos y mecanismos de vigilancia, pero su eficacia siguió dependiendo de la voluntad política de los Estados. Siendo todo esto cierto, sin embargo, la esperanza no parece divorciarse del todo de la empatía, de la cooperación y de la búsqueda de equidad. Eso es lo que hoy, a pesar de todo, parece poner en tensiones la narrativa anti Estado.



