Por el Lic. Ezequiel Escudero Cuerda.
Nacido cuando las cenizas de la Segunda Gran Guerra todavía se esparcían por Europa, el actual Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad (WHINSEC por su sigla en inglés) hacia su presentación en el centro del continente americano, con el lema Libertad, Paz y Fraternidad. Transcurría el año 1946 y bajo la presidencia de F. D. Roosevelt se ponía en funcionamiento, de manera informal, el Centro de Entrenamiento para las Américas, en la zona del Canal de Panamá. Recién en 1963, aparece formalmente el nombre de Escuela de las Américas hasta septiembre de 1984, cuando la escuela es expulsada del país caribeño. En el año 2001 luego del cierre de la antigua escuela, aparece el nombre del WHINSEC en Columbus, Estado de Georgia. Más allá de los cambios de locaciones y denominaciones, el objetivo siempre estuvo centrado en acompañar las doctrinas vinculadas con la seguridad de los Estados Unidos fuera de sus fronteras. Este es el punto de contacto.
Por la escuela pasaron, según estimaciones, más de 70 mil efectivos militares de todos los países del continente, con la premisa de obtener formación y capacitación en la lucha contra la subversión, la insurgencia, el narcotráfico, el terrorismo, alineando los ejes de las fuerzas armadas a las prerrogativas de defensa de la Casa Blanca. Estas doctrinas de contrainsurgencia militar latinoamericana y el impulso a combatir la ideología comunista, hicieron que varios de sus antiguos alumnos participaran en la organización de escuadrones de la muerte, planificaran golpes de Estado o que estuvieran implicados en diversas violaciones a los derechos humanos y practicar el terrorismo de Estado. Montesinos, Noriega, Galtieri, fueron de los que mayor relevancia adquirieron dentro de esta nómina. La doctrina de seguridad, aun con nostalgia sobre el pasado reciente por aquel entonces, y con la Guerra Fría más efervescente que nunca, recurría a su repertorio “a la carta” para América: militarizar para dominar y controlar la insurgencia comunista.
Esa historia no se repite, pero se asemeja peligrosamente. Yes necesario, para el caso, dejar algunas advertencias. Se ha escrito en esta columna, anteriormente, respecto a la necesidad de aplicar el mayor rigor posible al momento de narrar la historia reciente en el marco de la relación de la gran potencia del Norte, con el hemisferio occidental. La narrativa intuitiva de Trump, al momento de relacionarse con el resto de los Estados del continente, no es improvisación emocional. La política exterior de la principal potencia militar a nivel global, no solo esta planificada y diseñada a partir de documentos clasificados, sino que apunta a trascender los personalismos presidencialistas. Asterisco, esto puede ser una mala noticia para todos aquellos que relacionan de manera directa una presunta derrota el próximo noviembre de Trump en las elecciones de medio termino, con el viraje de la política exterior de los Estados Unidos para América. El objetivo es el mismo, pueden moderarse los medios.
Todos son culpables. Las garantías del derecho – sobre todo el internacional – no son elementos que pasen por la consideración de un hegemón, esto no es novedad. Asistimos, sobre todo desde los últimos años, a la sistematización de violaciones al derecho y sus normas, principios rectores de la paz global. Los mismos principios que permitieron, a los triunfadores de la Segunda Guerra, convertirse en los lideres del nuevo sistema que se conformaría – en base a las normas internacionales – luego de la derrota de Alemania y sus aliados. Desde aquel entonces, y a la par de los cambios que se fueron dando en el orden mundial, sobre todo desde la caída del muro de Berlín y desde la entrada de China al orden global capitalista, el péndulo de prioridades se ha movido con frecuencia.
Estos puntos de inflexión determinaron, a la vez, ajustes dentro de la política exterior de los Estados Unidos, que pasaron de proteger a Europa del comunismo, frenar el avance de las revueltas árabes en torno a Israel, disuadir a Rusia respecto de sus intenciones de avanzar sobre Europa, hasta replegarse en el continente, dando lucha en cada rincón posible al voraz avance chino.
Este último punto, vinculado con el repliegue hacia el patio trasero, pasa por encima varias nociones fundamentales del derecho y ha puesto en la esfera de la discusión pública internacional otras, según los intereses norteamericanos. Todo sincronizado, nada improvisado. Desde la extensión territorial y el derecho de ocupación, como se dieron en el Groenlandia gate, hasta las arbitrariedades cometidas en Venezuela que pasaron desde la matanza indiscriminada de personas (presuntos piratas narcotraficantes) en el Mar Caribe, hasta el secuestro exprés del presidente Nicolás Maduro y su esposa. Todo arbitrariamente normal y en sintonía con el avance de la represión interna y la percusión a inmigrantes ilegales, dentro de las propias fronteras del país, de la mano del emblema de la impunidad y el atropello, ICE, el Servicio de Inmigración y Control de las Fuerzas Federales.
Los argumentos se renuevan, aunque no necesariamente el público. Desde el ascenso al poder en El Salvador, del líder ultra derechista N. Bukele en el 2019, la mano dura y la seguridad a cualquier precio, empezaron a circundar el debate y la conversación pública, primero en centro América, luego en el resto del continente. Esto se extendió, incluso, al propio Brasil con los casos de Rio de Janeiro y las revueltas callejeras producto del accionar de bandas criminales como el Primer Comando Capital (PCC) y el Comando Vermelho, a las que la derecha encolumnada, salió a pedir que se los considere organizaciones terroristas, abriendo la puerta a la injerencia del ejército en las cuestiones de seguridad interna, argumentando apatía y falta de capacidad de respuesta por parte del Estado Nacional.
Otra advertencia, no todo es del mismo color, como muestra el mapa de la Gran América diseñado por el propio Donald Trump. No es lo mismo el discurso y la narrativa en torno a un país sin recursos críticos calve, como el Salvador, cooptado por el terror narco criminal de las maras, a la importancia estratégica y geopolítica de los yacimientos de Vaca Muerta, en el Sur argentino. Porque a pesar de los intentos por considerar a organizaciones mapuches de pueblos originarios como terroristas, la maquinaria neocolonial no se detiene, solo cambia los instrumentos y el repertorio discusivo.
Zona de interés. El retroceso estratégico de los Estados Unidos implica para la región la intensificación del componente ideológico del Escudo de las Américas (como un elemento que refuerza la alianza de seguridad continental impulsada por Trump). Esto se basa en una alineación irrestricta de gobiernos conservadores y de derecha de la región bajo la hegemonía estratégica del Norte, con la excusa de la cooperación policial, militar y de inteligencia contra el crimen organizado y el narcotráfico, ocultando una verdadera plataforma de unificación política e ideológica.
Y esto se puede visualizar a través del realineamiento de la derecha continental, casi como un bloque monolítico, a partir del Escudo de las Américas, una iniciativa de la Casa Blanca, lanzada formalmente en marzo de este año en la ciudad de Miami – Estado de Florida – con la presencia de presidentes del espectro conservador, fueron 12 los agasajados (como los gobiernos de Argentina, Paraguay, El Salvador y, posteriormente, el Chile de José Antonio Kast y el Perú de Keiko Fujimori), la coalición nació excluyendo originalmente a gobiernos de izquierda en la región, como México, Brasil y Uruguay
Aquellas prerrogativas que justificaron el accionar de la escuela de las Américas, hoy se ven reemplazadas por la narrativa de la guerra contra las drogas y el peligro de la inmigración como un dispositivo que, frente a estos flagelos, reacciona uniendo voluntades a la causa. Se logra así construir un marco conceptual legitimador del intervencionismo institucional, el espionaje a cielo abierto entre servicios de inteligencia y una peligrosa militarización del interior. En esto hay un paralelismo válido con la doctrina de la seguridad durante la Guerra Fría. Retomamos la advertencia del inicio, nada de esto es improvisado.
Otro de los indicadores que nos llevan a advertir respecto a que el Escudo de las Américas es mucho más que una alianza militar, con fines específicos, es el hecho de que explícitamente la Casa Blanca habla de usar la coalición como un blindaje de fronteras, un reaseguro de la infraestructura crítica, del control de las telecomunicaciones y de la explotación de los recursos – por tierra y mar – frente al avance geopolítico chino. Y este repertorio va desde las amenazas de la embajada norteamericana en Argentina a una cooperativa eléctrica local, por firmar acuerdos comerciales con el gigante chino Huawei, en torno a zonas cercanas a Vaca Muerta, hasta el aterrizaje de la firma ultraconservadora del vicepresidente de los Estados Unidos – J. D. Vance – Rockbridge en pleno proceso electoral aun no resuelto en Brasil (y cuyo principal socio es un tal Peter Thiel).
Lejos de ser esto un mero impulso personalista de Trump, está claro que el principio básico subyacente es la auto asignación de los Estados Unidos como la potencia dominante del hemisferio Occidental, estableciendo las pautas de control político, tecnológico y económico sobre la región bajo la premisa de resguardar la estabilidad continental.




