Brasil define su futuro: entre las amenazas de Trump y el abrazo al Sur Global

Por Ezequiel, Escudero Cuerda.

La República Federativa de Brasil es uno de los territorios de mayor extensión geográfica del mundo; solo superado por los Estados Unidos, China, Canadá y Rusia. Pero su envergadura no solo se expresa en términos geográficos, su economía es la de mayor peso en el sur de continente; a esto se suma el hecho de que la dinámica de su política interna impone condiciones en el equilibrio regional. El actual escenario de polarización pone en relieve la preponderancia del próximo 4 de octubre, en una contienda electoral que define mucho más que la tendencia política de quien ocupe el sillón principal en el Palacio del Planalto, a partir del 5 de enero del próximo 2027.
La primera vuelta de las elecciones generales en Brasil será el próximo domingo 4 de octubre y, si ningún candidato obtiene más del 50% de los votos, habrá balotaje el 25 de octubre. Al margen de lo que dice el termómetro de las encuestas, el actual presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva (PT, en alianza con el PSB) busca un cuarto mandato y el senador por Río de Janeiro Flávio Bolsonaro (PL), hijo del ex presidente Jair Bolsonaro y uno de sus principales rivales en la contienda, busca su primer mandato. Más de 158 millones de brasileños están habilitados para votar (se estima que unos 13 mil podrán hacerlo desde Argentina) según datos del Tribunal Superior Electoral (TSE) del país.
Se definen, además de la presidencia y vice presidencia, gobernaciones en los 26 Estados y el Distrito Federal, además de las cámaras en las legislaturas, la renovación de 513 bancas de la Cámara de Diputados y se elegirán 54 senadores, correspondientes a dos tercios del Senado; los votantes que sufraguen dentro de Brasil realizarán seis elecciones en la urna: diputado federal, diputado estadual o distrital, dos senadores, gobernador y presidente.
Existen una serie de elementos distintivos de este proceso electoral que no deben llevarnos a sintetizarlos detrás de la idea de polarización política, como se ha dado en otras latitudes del mismo continente, incluso en Brasil en el 2018 o en el 2022, por caso. La internacionalización de la disputa política, hacia el interior del territorio, es uno de estos elementos novedosos, que marcan época y que, al tratarse del gigante del Sur, tiene un impacto considerablemente mayor; al igual que se dio en Argentina, la oferta electoral de derecha se ha visto fragmentada, con expresiones estaduales con peso propio, con cierta capacidad y voluntad de disputar poder; la guerra arancelaria, de la que el propio Brasil es un actor calve por estas latitudes, y los vaivenes de la economía doméstica han vuelto a poner en escena los temas económicos como una de las principales variantes orientativas del voto ciudadano. Estos elementos, a los que pueden sumarse otros como la orientación de la política exterior de Itamarty, provocan una reconfiguración de la escena política brasilera, con promesa de verse reflejada en las urnas que esperan un porcentaje de votantes superior al de las elecciones pasadas. Podemos decir, aún, que la democracia genera tensiones en sus propias entrañas que la ponen en riesgo constante, pero también genera adhesiones.
La contienda electoral va a convertirse en una suma de intereses y expresiones regionales, producto de la fragmentación visible; sobre todo en los sectores de derecha que aún no logran sintetizar detrás de la figura de Flávio Bolsonaro, con serias dificultades para liderar el bloque más conservador. Y, al mismo tiempo, si bien es cierto que los números generales, pobreza, estabilidad laboral, proyecciones de crecimiento, mirada de los mercados internacionales – el riesgo país de Brasil no supera los 100 puntos – son datos que, a priori, podrían poner al líder del PT al frente sin mayores sobresaltos, nada está dicho aún. Nada.
Integridad continental. Desde comienzos del año 2026 y con la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, Donald Trump re inauguraba una etapa en la política exterior de los Estados Unidos con epicentro en lo que el propio Trump llama hemisferios occidental, o también y sin eufemismos, su patio trasero. Puntos de contacto donde el interés nacional norteamericano se ve amenazado fuera de sus fronteras. Los procesos electorales en el continente son uno de los momentos en donde el interés nacional de los Estados Unidos puede verse afectado. Este nuevo – o no tanto – repertorio de seguridad nacional encierra una serie de indicadores sobre los que es pertinente detenerse. Dicen que el que avisa, no traiciona.
La injerencia de los Estados Unidos en la región no es nada novedoso y ya forma parte de una escena que, por reiteración, se naturaliza. Ahora bien, esto no quiere decir que dejemos de prestar atención a los instrumentos – desarrollados desde la Doctrina Monroe del año 1823 en adelante – que se despliegan en pos de salvaguardar ese interés nacional. El repertorio de amenazas militares con el Comando Sur a la cabeza, en busca de penetrar en el territorio – una de las propuestas de campaña del candidato de derecha del PL apunta a considerar organizaciones terroristas a todo grupo armado vinculado con el narcotráfico –, al que se ha anexado recientemente la guerra comercial arancelaria – utilizando prácticamente toda la superficie terrestre para frenar el avance chino – incorpora la presencia de actores trasnacionales cada vez más poderosos y alejados – lo dicen explícitamente – de la democracia y sus condicionamientos. Si Trump amenaza, Lula contraataca con la resistencia institucional como bandera de un pragmatismo que tensiona cada vez más los vínculos. Recientemente el grupo ultraconservador Rockbridge (Thiel-Vance) desembarcó en Brasil con una clara misión, influir en la campaña electoral y alterar la movilización política, sin eufemismos. Una práctica corriente en la región, la influencia de consultoras políticas con capacidad de lobbie y poder de influencia sobre los entramados relacionales en torno a la justica, la seguridad, los negocios, el llamado poder real. Según la región del planeta, el repertorio intervencionista puede venir de la mano de mercenarias y contratistas privados, o bien desplegar una red de organizaciones que se especializan en el control cognitivo de masas.
La sombra del impeachment de 2016 a Dilma, con el empuje de la influyente Federación de Industriales de San Pablo (FIESP), la actuación de la Corte Suprema y de un Congreso agitado por el fantasma del Lava Jato y la presión del gobierno de los Estados Unidos sobre la nacionalización de recursos e infraestructura crítica consideradas clave para frenar la presencia china en la región, cada vez más sobrevuela las perspectivas de los poderes facticos. Sobre todo, y esto no es un dato menor, porque la democracia ha visto socavada la aceptación de la derrota como dogma infranqueable. El propio Trump es una expresión de esta nueva etapa, pero también lo es Bolsonaro (padre), hoy imposibilitado de ejercer cargos públicos por intento de golpe de Estado. Es por eso que la presión de los Estados Unidos sobre la opinión pública brasileña aún no ha mostrado la profundidad de sus intenciones.
Zona de interés. En la segunda década del presente siglo se han dado una serie de victorias electorales que pintan de un mismo color los rincones del continente; Honduras, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, El Salvador, Argentina, Colombia, visten en la actualidad la misma camiseta. Asistimos a un escenario en donde la política exterior ha formado parte del debate interno de manera trasversal. Los bastiones del binomio (si se permite la licencia sintética) izquierda-progresismo se encuentran acotados a referentes de peso, no obstante, como México y Brasil (también Uruguay, dentro del MERCOSUR), que resisten los embates de la ultra derecha fronteras adentro impulsada por intereses externos.
Con el objetivo claro de colocar a Brasil en el lugar de global player, Lula ha capitalizado su paso por todo tipo de encuentros multilaterales. En 2024, Brasil reúne al G20 – lanzan la Alianza Global contra el Hambre y la Pobreza –, un año después Lula conduciría la XVII Cumbre de los BRICS (en Rio de Janeiro) y se abrazó a Pedro Sánchez en abril de este año, en el encuentro de líderes progresistas en Barcelona. Sin embargo, este rol protagónico en los debates globales de Brasil, se encontró con una América Latina que fue girando a la derecha, quedando atrás la nostalgia de los años en los que, incluso, se pensaba en una Patria Grande, sueño de Simón Bolívar y estandarte de lo que fue la UNASUR.
Hoy el Brasil de Lula afronta un reto democrático, pero también soberano, un avance de intereses externos apalancados en elementos internos que abren las puertas a la injerencia de poderes facticos que buscan quedarse con mercados, poder, recursos estratégicos, control. Lula es uno de los pocos mandatarios regionales que ha logrado victorias importantes contra los poderes concentrados, como los fallos de la Corte Suprema contra Elon Musk y su red social X, o el desplazamientos de las norteamericanas Visa y MasterCard en la disputa por el ecosistema de medios de pagos digitales, con el emblema nacional Pix a la cabeza (algo parecido a nuestra billetera Cuenta DNI provincial) que cuenta con el respaldo del poderoso Banco Central del Brasil.
En definitiva, Lula camina sobre un delicado equilibrio; si las tensiones comerciales con Estados Unidos terminaran afectando el empleo, las exportaciones o el crecimiento económico, la dimensión internacional podría convertirse rápidamente en un alto costo político para el oficialismo, que puede ocasionar un traspié electoral, claro. Es por eso que el verdadero desafío no consiste únicamente en proyectar quién ganará las elecciones del 4 de octubre y del 25 de octubre, ya que todo indicaría que se definiría en un balotaje. Estamos frente a un proceso inaugural, en la región, ya que en Brasil se está dando una nueva forma de competencia política en América Latina, donde la geopolítica y la geoeconomía se han convertido en una variable electoral significativa. Lo que ocurra a partir de octubre no solo definirá el rumbo de la democracia regional más grande y los equilibrios políticos continentales, sino que ofrecerá una respuesta sobre cuánto influirán los factores internacionales en las elecciones latinoamericanas del futuro.

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