Por Ezequiel, Escudero Cuerda.
Decir que África no es un país, resulta una afirmación tan cierta como ambigua; tampoco el continente es la resultante de los acuerdos de Berlín del siglo XIX y el cartografiado arbitrario de un puñado de conquistadores a los que solo les importaba una cosa (además, claro, de las riquezas de ese vasto territorio): prolongar la paz entre colonizadores. Esto también es cierto.
Pero la historia se repite, o podríamos decir que se asemeja. Aunque cabe la advertencia respecto a no considerar el Norte africano como un mero escenario de disputas neocoloniales en pleno siglo XXI. El Magreb, región del continente que abarca la franja occidental del mundo árabe africano, situado entre el mar Mediterráneo, el océano Atlántico y el desierto del Sahara, incluyendo áreas en conflicto permanente como el Sahara Occidental y el interior del Cuerno de África, se ha convertido en el epicentro principal, por extensión, del conflicto en Medio Oriente, que desde febrero pone en tensión a todo mundo árabe islámico. Los recientes movimientos estratégicos de los diferentes actores involucrados directa o indirectamente, no tardaron en impactar de lleno en el norte del continente.
Necesidades comunes
La agresión de Israel y los Estados Unidos hacia Irán activó la emergencia de atender la estabilidad dentro de las esferas de influencia de varios Estados, atravesados por elementos que se vinculan con los recursos naturales – sobre todo petróleo –, los corredores fluviales, las armas nucleares, los misiles de largo alcance, la cuestión étnico-religiosa, entre otros. Factores que elevan la propensión a encender la llama del caos ante el más mínimo error de cálculo.
Recientemente se han movido las piezas con los acercamientos al Cuerno de África, sobre todo a la región separatista de Somalilandia, de la dupla Israel y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) – cosa que preocupa a Arabia Saudita, que observa con recelo el avance de la influencia emiratí e israelí en las costas del Mar Rojo – como respuesta inmediata al riesgo que implica el avance de los rebeldes de la familia Hutí en Yemen, y en el estratégico canal Bab el Mandeb. El corredor marítimo Mar Rojo-Bab el Mandeb-Golfo de Adén-Mar Arábigo es un espacio considerado vital para la seguridad nacional de los Estados linderos. El reino de Arabia Saudita defiende una especie de statu quo político regional basado en el respeto al principio de integridad territorial y a la estabilidad de las estructuras estatales, por eso apoya a Somalia en su disputa con Somalilandia (desde el año 1991) y presiona a sus socios de La Meca – Turquía y Pakistán – a seguir un camino similar en todo el Norte africano, en una jugada que corre el eje y lo extiende fuera de Medio Oriente y el mundo suní. Hablar de extensión e integridad territorial en el Magreb es, en definitiva, también inmiscuirse dentro del histórico conflicto entre Marruecos y Argelia por la región del Sahara Occidental, desacuerdo que lleva más de medio Siglo y que ha provocado la ruptura de relaciones diplomáticas entra ambos países africanos en el año 2021.
Por el contrario, los EAU alientan – incluso por la vía militar, con venta de armas y apoyo formativo y logístico – a actores locales que en ocasiones son estatales, otras paraestatales, a veces autonomistas o incluso secesionistas, como se da en Libia, Sudán, Somalilandia y las provincias autonomistas somalíes de Puntland (noreste) y Jubaland (al sur). Esta política ha tensado considerablemente sus relaciones con Somalia. Situado en las costas del estrecho que egresa buques al Mar Arábigo, Eritrea ha roto relaciones con los EAU cerrando filas en torno al eje Irán-Hutíes para evitar salida marítima de Israel y los propios EAU.
La nueva doctrina regional – aunque sin conceptos y retorica claros – parece conducir hacia una doble estrategia de los actores involucrados. Por un lado están aquellos que apuestan a bajar la intensidad de las escaladas bélicas en pos de lograr cierta estabilidad en su zona roja fronteriza apoyando a los Estados reconocidos; un grupo que encuentra a Arabia Saudita, a Somalia, a España, al dialoguista Egipto, a Etiopía. Pero esto no es un mero agrupamiento en pos de buscar una doctrina de cercanía territorial. Hacia marzo de este año, por iniciativa del príncipe saudí – quien quiere posicionarse como el referente político fuerte en Medio Oriente– se lanzó el denominado R4, un mecanismo conciliatorio destinado a gestionar de manera pacífica los conflictos regionales, incluso fuera del continente: lo que muchos analistas coinciden en definir como una visión estratégica acertada por parte de Riad, de cara a un futuro que ya llegó. En efecto, tanto el reino saudí, como Qatar, Turquía, Egipto y Pakistán, parecieran tener una mirada doctrinaria común en lo que al Cuerno de África supone y a todo el resto del Magreb.
Por otro lado, con una estrategia más directa, encabezado por Israel y su socio estratégico EAU, existe una doctrina de corte más intervencionista, con un enfoque geopolítico basado en el poderío militar, la escalada y la presión directa sobre los potenciales aliados estratégicos. En el caso de Israel – que se juega mucho más que un reordenamiento del parlamento en Octubre –, observa con mucha preocupación el desenlace – sin fecha cierta – del conflicto con Irán y del rol en el mediano plazo que van a jugar los Estados Unidos en la región, con o sin Trump a la cabeza, considerando el inminente repliegue militar, logístico y diplomático de su principal socio político e ideológico. Frente a este escenario, Tel-Aviv sabe que dividir y anticipar – a fuerza de cañones, inclusive – es clave y se convierte en una cuestión de supervivencia. Por eso estrecha lazos con Chipre y Grecia, mirando a Turquía y hace lo propio en el Cuerno y el Magreb, desconfiando de lo que considera intereses expansionistas saudíes. Si bien el régimen iraní y sus proxis son el enemigo público número uno, Israel sabe que la guerra abre ventanas de oportunidades para todos.
Zona de interés
El precio de cartografiar fronteras desde escritorios en Europa, muchas veces con las manos ya ensangrentadas, no solo es alto, sino también impredecible. Del mismo modo que sostener imperios a fuerza de mercenarios, motivados solamente por intereses económicos, no resulta ser la mejor receta. Para muestra de esto último, cabe echar un vistazo a las derrotas sistemáticas de las fuerzas yemeníes, apoyadas por mercenarios financiados por el principado saudí, y el alto costo que pagan al perder el estratégico Bab el Mandeb – la entrada al Mar Rojo – a manos de los rebeldes de Ansarrallah/Hutíes.
El ataque contra el régimen de los ayatolas en Irán dejó en claro al menos una cosa: el inminente repliegue de los Estados Unidos, refugiándose en el continente americano, y su debilidad estratégica para mantener estable el débil equilibrio regional; algo a lo que se suma, en contraposición a las intenciones de la Casa Blanca, la férrea decisión de Tel-Aviv de jugar fuerte en la región, con o sin el apoyo de su socio estratégico. Por su parte, y con una retórica no militarista – al menos por el momento – China ve en cada rincón de África un reservorio estratégico de infraestructura crítica y recursos. En la actualidad, todos los países del norte de África tienen relaciones con el gigante asiático, para quien los aranceles al cero por ciento, son la mejor herramienta de acercamiento posible, a través del Foro de Cooperación China-África (FOCAC). Pekín no está en condiciones – ni tampoco parece necesitarlo – de convertirse en garante de la seguridad militar de los países de la región africana; papel para el que tampoco pareciera estar preparado Rusia, considerando las demandas que su incursión europea le deparan actualmente.
En efecto, cuando Frantz Fanon escribe en los ’60 del siglo pasado su obra, Los condenados de la Tierra, poniendo en escena toda la intensidad del proceso de descolonización del Tercer Mundo, creó herramientas que permiten entender la lógica colonial de la civilización moderna, de Europa y sus facsímiles, hacia lo que llamó los sujetos del Sur. Hoy esos sujetos vuelven a tomar un protagonismo esencial, de vuelta, frente a un complejo entramado de reconfiguración geopolítica y geoeconómica que vuelve a darles la oportunidad – o el castigo – de intentar torcer la pluma que les dio bandera y Estado, pero también sometimiento y dominación.




