Por Miguel Santagada.
Hasta unas décadas atrás, muchos de los adultos nacidos en Tandil podían pasar gran parte de sus días sin tener más que noticias fragmentarias de lo que sucedía fuera de nuestro casco urbano. Los artefactos tecnológicos de última generación se adquirían en comercios locales, pero llegaban desde Buenos Aires, la gran aldea en la cual la globalización actuaba no con la decidida velocidad que conocemos hoy. La mirada hacia el futuro estaba afectada por varios factores: los cambios no eran tan rápidos, el consumismo tecnológico (más extendido entre los jóvenes) tenía una parsimonia hoy no verificable, los dispositivos digitales requerían cierta capacitación que exasperaba a los mayores, habituados a largas filas en los bancos y a las charlas telefónicas caracterizadas por ser caras, limitadas y en general defectuosas. Tandil era nuestra ciudad, nuestro territorio. Pocas cosas irrelevantes que sucedían lejos de nuestras calles despertaban interés.
Por aquel entonces, el territorio conocido era parte de nosotros mismos. Los más antiguos llamaban “hijos de la tierra” a los lugareños, a los afincados en una comarca, en una aldea. Los escenarios urbanos y rurales parecían haber permanecido desde siempre en el paisaje, junto con los cordones serranos más antiguos del planeta. La mirada sobre el porvenir no tenía demasiados motivos para justificar el pesimismo. Los cambios eran graduales y no amenazaban a las generaciones adultas con la discontinuidad de los empleos, de los oficios, del comercio y de la interacción entre los vecinos. Los tiempos han cambiado, pero no con las modalidades de siempre. Para nombrar solo pocas circunstancias: las redes digitales han acortado las distancias, la carencia de celular o su uso limitado a mensajes es asimilable a una falencia social, los pagos en efectivo tienden a ser reemplazados por el código QR, los complejos de departamentos se yerguen incluso en las cuadras más alejadas del microcentro, etc.
Los tiempos que (nos) corren
Debemos al Apocalipsis atribuido a San Juan (último libro del Nuevo Testamento) algunas de las tendencias audiovisuales y literarias más tenaces de los últimos tiempos: el fervor por la distopía. Los lectores recordarán la simbología de los cuatro jinetes o los sucesos fatídicos representados por los siete sellos o el dragón de las siete cabezas. La insistencia en calamidades de este texto bíblico bien pudo haber influido para que fuera difícil imaginar el final de los tiempos sin catástrofes ni desgracias atroces. En el mismo proceso, la incierta espera de hechos futuros promovida por las visiones de San Juan no pudo más que llamar la atención sobre todo atisbo de cambio que podría presagiar la llegada del juicio final.
Idiomas europeos como el inglés, el francés y el español coinciden en el empleo del adjetivo “apocalíptico” para caracterizar descripciones o especulaciones acerca de gravísimos acontecimientos por ocurrir más o menos inminentemente. Claro que se trata de una hipérbole, esa figura retórica a la que se recurre para exagerar una cualidad, una situación o un hecho, con el fin de enfatizar una idea o producir un efecto persuasivo. Apelar al terror para defender una idea puede ser más eficaz que enumerar argumentos atinentes y válidos. La fuerza de las palabras facilita la chispa emocional y promueve la persistencia de ciertas ideas, más allá de su fundamento racional. En ocasiones, la exageración deja de ser una advertencia ante un hecho eventual, para convertirse en el profético anuncio de una desgracia en ciernes.
La ilusión y el terror como alimentos ideológicos
¿De dónde proviene esta tendencia a profetizar penurias extremas? El filósofo presocrático Epicuro sostenía que los recuerdos de placeres pasados pueden proporcionar felicidad en el presente, mientras que la preocupación por el futuro suele generar inquietud. Coincidentemente. en la tradición poética hispánica, las coplas de Jorge Manrique (escritas en el último tercio del siglo XV) han cristalizado la frase lapidaria: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es probable que el poeta se refiriese a los momentos en que disfrutó de la compañía de su padre, cuyo fallecimiento dio motivo a la creación del poema. La indulgencia hacia el pasado podría explicar las ansiedades que a muchos de nosotros nos despierta el porvenir. Podemos mejorar a discreción los hechos que rememoramos, pero no parece tan fácil lograrlo con los hechos venideros. En un caso sería nostalgia, el retorno a escenas entrañables. En el otro caso sería zozobra y desasosiego. Intentemos, sin embargo, la exploración del punto medio entre ambas tendencias.
¿Los escenarios de transformación acelerada por las tecnologías están lejos de fortalecer las ilusiones de progreso indefinido hacia un bienestar universal y accesible? ¿Solo producen desasosiego y angustia? Víctor Hugo, el gran novelista francés, sugirió respecto a los pesares por los que atravesaba el protagonista de su novela Los miserables: Incluso la noche más oscura terminará y saldrá el sol. Por la misma época el poeta estadounidense Walt Whitman recomienda: Mantén tu rostro siempre hacia la luz del sol, y las sombras quedarán detrás de ti. Para los ojos optimista, el presente es como un intervalo de oscuridad que no tardará en ser sustituido por algo mejor. No creo que por obra caprichosa de la casualidad las visiones favorables al porvenir florecieran casi simultáneamente en regiones de Occidente no tan tranquilas como era la Francia de 1860, territorio de crueles combates internos y la sociedad norteamericana que por la época estaba transitando la Guerra de Secesión. A pesar de las vicisitudes adversas, hubo épocas en las que era frecuente oír voces optimistas que llamaran a la esperanza, la perseverancia y el tesón necesario para lograr cambios favorables.
El optimismo de los fundadores de las nuevas naciones sostenido en el credo de “orden y progreso”, “lo mejor está por venir” resuena en otra frase de Víctor Hugo: El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido; para los valientes, la oportunidad. Quizá se encuentre en el temor esta forma predominante de insistir con escenarios distópicos que en nuestros días pueblan las ofertas de streaming. A un siglo y medio de aquellas venturosas sugestiones, la creatividad de los últimos tiempos no parece acostumbrada a los cambios y no se muestra resignada a la declinación que el porvenir cercano deja avizorar.
Más bien parece que la imaginación audiovisual y literaria ha fortalecido angustias y terrores antes que ilusiones y esperanzas. Pero la multiplicidad de ofertas no es independiente de la intensidad de las demandas. Y las demandas se explican por los deseos y las carencias. ¿Acaso porque se siente que estos cambios anuncian etapas futuras peores que las actuales, o que en nuestro presente se están consolidando (de a poco y vaya a saber uno hasta cuándo) paisajes aterradores, con el ejercicio de controles minuciosos sobre los movimientos de los individuos? La mixtura de odio, noticias falsas, vigilancia permanente sobre los datos personales, ejercicio desregulado de las inteligencias artificiales generativas (de ahora en más IAG), arrogancias y otras intoxicaciones de la comunicación política no haría más que dar sustento a estas conjeturas.
La tradición distópica
No parece sencilla la ecuanimidad en los debates sobre lo mejor y lo peor de cada cambio profundo. Se trata de una interpretación basada en la creencia sobre mundos eventuales que para colmo todavía no son verificables. La imaginación distópica anticipa escenarios en los que las tecnologías parecen obedecer a recónditas pretensiones de control, vigilancia y disciplinamiento social que ejercerían maniáticos plutócratas sin rostro ni familia. Algunas producciones audiovisuales recientes y de la literatura del siglo XX alientan las prevenciones respecto de dispositivos capaces de manipular ideas, organizar conductas, administrar información y establecer nuevas formas de poder. La utilización diríamos saludable de la IAG en la prevención de enfermedades, evitación de riesgos, anticipo de sismos, etc., suele estar ausente de estas creaciones. ¿Innovaciones tecnológicas como la IAG despiertan más miedo que esperanza, aun cuando algunas de sus utilidades han probado ser benéficas en el campo de la medicina, la agricultura y el manejo de la energía?
Repasemos brevemente algunas obras distópicas que bosquejan estas amenazas. En la obra de Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932) y en 1984, de George Orwell (1949), la tecnología aparece integrada a un sistema político de vigilancia permanente, donde el control de la información y de la conducta constituye una condición fundamental para sostener el orden social. En Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953), el problema del control se plantea en los términos de una restricción de libros impresos y de la lectura. Esta política prohíbe la circulación del conocimiento a la vez que promueve intensamente la disipación entre los ciudadanos y el entretenimiento banal.
Minority Report, la película de Steven Spielberg estrenada en 2002 se basó en un relato de Philip K. Dick. El relato plantea un escenario distópico en el que sería posible intervenir antes de que ocurran acontecimientos indeseables como crímenes sexuales o asesinatos. Un pretendido sistema de IAG establece con relativa antelación conductas criminales que sugieren la predeterminación de acciones delictivas por parte de individuos que el sistema señala con un 100% de precisión. De este modo, la distopía explora temas como el libre albedrío, el destino, la vigilancia tecnológica y los dilemas éticos de castigar a una persona por un crimen que todavía no ha cometido.
Estos ejemplos nos ayudan a especificar nuestra pregunta inicial: ¿quiénes imaginan los mundos del futuro y con qué objetivos? Si con los cambios tecnológicos se instala cierta interpretación del futuro, ¿pierde asidero la sospecha de que esos cambios contribuirían a consolidar poderes corporativos concentrados, no sometidos, por ejemplo, a la institucionalidad republicana o a la decisión democrática de los ciudadanos? ¿O acaso deberíamos admitir que la velocidad y la intensidad de los cambios por sí mismas producen estupor y confusión entre los que no “alcanzan a comprender los beneficios que aportan esos cambios”?
La cuestión es más compleja que decidir si la tecnología es intrínsecamente liberadora o dominadora, esto es: si mejoran o empeoran las condiciones de vida con los cambios tecnológicos y a qué precio. Por supuesto, es improbable que las empresas que ofrecen sus servicios digitales de IAG admitan o reconozcan los riesgos que entrañan los cambios. De modo inclaudicable se denomina “avances” a esos cambios, como si respondiera a un ciclo evolutivo que no concede ningún paso atrás.
¿Desde qué perspectiva contemplar la dinámica transformadora de las tecnologías digitales? Está claro que en el debate convergen intereses corporativos y proyectos personales, valores culturales y hasta creencias religiosas. Por el momento, los sistemas sociales, económicos y culturales en los cuales se ya se han inscripto estos cambios no han abierto ni impulsado foros de discusión con miras a regular la actividad. Sería deseable que antes de que prosiga la ampliación y el “perfeccionamiento” de estos sistemas de IAG se organicen foros institucionales donde se incluya el máximo de posiciones posibles, especialmente aquellas que correspondan a sectores afectados directamente por estos cambios: por ejemplo, los trabajadores urbanos y rurales, los educadores, los actuales estudiantes, las organizaciones ambientalistas, etc.
Democratizar el futuro
Para lograr que esa participación fuese efectiva, deberían sortearse varios obstáculos. Uno no menor se refiere a la naturalización de estos procesos de cambio, que no ocultan ni siquiera en su denominación su carácter histórico, y por ende revisable: “Inteligencia artificial”. Con la aparición de la telefonía celular inteligente, los lectores han venido aumentando la duración de sus conexiones, lo que insume el tiempo que podría destinarse a la lectura de textos más extensos y con contenidos menos superficiales. La tarea de analizar las noticias o de reflexionar sobre la actualidad insume más tiempo del que disponemos, por motivos que no estoy en condiciones de explicar pero que es posible enumerar: las jornadas de trabajo se han dilatado, se publica mucho, la cantidad informativa se impone a la calidad, el lenguaje de las redes es sintético y los mensajes son fugaces y superficiales. La trivialidad inunda nuestras pantallas y precariza nuestros cerebros. La mayor cantidad de mensajes disponibles apunta a la emotividad o a la indignación: intentar el análisis o la reflexión sobre esos materiales parece un esfuerzo tan vano como hacerles entender a las hormigas que no deberían atacar nuestro jardín.
Parece que al poner en la balanza los notorios progresos a que nos condujeron las tecnologías, el platillo complementario, el de los pesares y pérdidas diversas, se resiste a elevarse siquiera un poco. Las redes sociales nos apartaron de las conversaciones grupales, de las mateadas y de las visitas. A cambio nos trajeron el home office, la simplificación de trámites, la detección temprana de patologías, la posibilidad de conocer y frecuentar nuevos amigos, nuevas citas, nuevas ideas, acaso distantes y acaso identificables por los rasgos que eligen a modo de promoción no de quiénes son sino de a qué o a quiénes les gustaría asemejarse. El rutinario y sofocante trabajo administrativo que inspiró a Franz Kafka pasajes críticos sobre el absurdo de la moderna existencia urbana ha sido reemplazado -o tiende a serlo- por sistemas de IAG que nos evitarían la experiencia habitual de las ocho horas diarias sobre la misma silla, durante los lentísimos años hasta la jubilación. A cambio, mientras persiste la transición, las nuevas fuentes de ingreso simpáticamente denominadas “trabajo de plataforma” han lanzado a las calles tropas innumerables de ciclistas de delivery, choferes estrictamente vigilados y cientos de desempleados o subempleados a la espera de la fulgurante luz al final del túnel.
Mientras persistan estas tinieblas del mañana, es legítimo preguntarse si los cambios que se anuncian no traerán un panorama aún peor, que reclama, por cierto, la consolidación de debates públicos. Algo parecido habrá sentido el escritor rumano Emil Cioran (fallecido en 1996) cuando sentenció: El progreso es la injusticia que cada generación comete con la que le precede. Otro pesimista ilustre, Arthur Schopenhauer, advertía que solo en apariencia los hombres son tirados hacia delante, en realidad son impulsados desde atrás: no es que la vida los atraiga, sino que la necesidad los compele. Injusticias y necesidad, no razón e inteligencia, serían según estas perspectivas la marcha en el tiempo que explica el sentido de la historia y los terrores que despierta el futuro.
De esta manera, el ritmo acelerado con que se suceden los cambios produce más perplejidad que lucidez, más pesimismo que entusiasmo. A propósito de esta palabra conviene recordar que su origen etimológico, que se remonta al griego clásico, significaba algo así como “tener un dios dentro” o quizás “estar inspirado por una fuerza divina”. En la antigua Grecia el entusiasmo era propio de individuos que actuaban extraordinariamente, como bajo la iluminación sobrenatural. La sociedad griega, esclavista y patriarcal, reservaba casi con exclusividad el entusiasmo a artistas, poetas, profetas y filósofos, cuya labor en la Polis destacaba por encima del mero ejercicio del trabajo físico que demandan la agricultura, las batallas y la construcción. Estas tareas estaban regidas por el ámbito de la necesidad, la esfera social en la que se recordaba con insistencia la fragilidad de la vida humana, y sus carencias características: el hambre, las enfermedades y la muerte.
El reino opuesto al de la necesidad se denominaba, curiosamente, el reino de la libertad. Allí el entusiasmo hacía posible la poesía, las esculturas, la música y el conocimiento verdadero, por aquellas regiones denominado episteme. Aristóteles asumía que la vida efectivamente libre consiste en la dedicación plena a los dictámenes de la razón y al cultivo de las virtudes, recursos con los que era posible alcanzar la realización cabal del ser humano. Desde aquellas épocas remotas varias tradiciones occidentales, religiosas o agnósticas, románticas o racionalistas, vienen enseñando que una persona es más libre cuando gobierna su vida mediante la razón y no cuando simplemente hace lo que desea. Para decirlo sintéticamente: la razón abre nuestro interior para que la fuerza creativa de los dioses infunda el virtuosismo del saber y de la creatividad. Lo mejor del hombre no se hallaba en su trabajo o en el producto de su afanosa búsqueda para evitar morirse de hambre. Para ello estaban destinados los esclavos y otros individuos sojuzgados de modo invariable. Cabe interrogarnos a cuál de los reinos serían empujadas las grandes muchedumbres afectadas por los cambios y las pérdidas que, tal como declaran sus más conspicuos defensores, produciría la intensificación de la IAG. ¿Persistiría el entusiasmo en un mundo donde la creatividad quedara relegada al funcionamiento de algoritmos? No parece que los dioses de la creatividad artística fuesen una conjura de datos y análisis algebraicos.
Voces de alerta: nada es inevitable
En una entrevista reciente, el ensayista Éric Sadin sostuvo que tan pronto como fueron introducidas las IAG se verificaron consecuencias que el autor denomina “desastres”. En su enumeración ocupa el primer lugar lo que define como “apocalipsis laboral” por el hecho de que los ejecutivos de algunas empresas se ven obligados -por razones de competencia o de presiones de la propia actividad-a compartir las decisiones y buena parte de sus tareas con los servicios “IAG”. Siguen en la lista testimonios de profesores que se muestran desorientados tras advertir los cambios ocurridos en el rol. ¿Saben más los docentes que las IAG consultadas por sus estudiantes para cumplir con las tareas escolares?
El “entusiasmo” cuyo origen etimológico explicamos más arriba también se muestra afectado en las plataformas de música, como Spotify, en cuyas listas cerca del 30% se encuentran creaciones producidas por IAG. Los dispositivos digitales han podido desarrollar piezas artísticas que alguna vez la modestia humana adjudicó a la fuerza sobrenatural de los dioses y las musas. Completan el top 4 de estas novedades las recurrentes consultas “terapéuticas” a la IAG tanto de adolescentes como de adultos que admiten haber desarrollado dependencia emocional muy fuerte con la IAG.
Pero no son estas las únicas consecuencias que se derivan del empleo multipropósito de las IAG. También es preciso atender preocupaciones que se plantean a nivel ecológico. Sin ir más lejos, la instalación de centros de datos gigantescos no sería posible sin grandes suministros de agua potable y energía, recursos cuyo consumo complica distintos aspectos del equilibrio medioambiental. Esto se ha venido arraigando sin ningún consentimiento público, sin ninguna movilización que llamara la atención pública sobre los efectos inmediatos que ha deparado esta ampliación de los sistemas digitales.
Tandil en el futuro próximo
Una frase atribuida a León Tolstói (1828-1910) sostenía: pinta tu aldea y pintarás el mundo. La expresión sugiere que la descripción profunda y auténtica de la realidad más cercana refleja aspectos universales de la experiencia social, como si constantes en la conducta y en el pensamiento dependieran de patrones que se ubican por encima del intelecto. La posibilidad de verificar esos invariables hoy están en manos de los algoritmos, que -como señalamos- son cálculos posibles a partir de un número de datos que la mente humana no podría retener. Hemos argumentado sobre los efectos inmediatos de la globalización digital: la permanencia frente a las pantallas, el encierro en la banalidad de las redes sociales, las fake news, el odio indiscriminado, etc. ¿La desterritorialización que proponen los sistemas digitales, impedirá finalmente que nos despreocupemos ya no de pintar nuestra aldea, sino de intentar una descripción personal para compartir con los otros? ¿Las horas de pantalla que insume la interacción social, responsable finalmente de los datos que se recolecten para calcular los algoritmos podrá borrar la idea de particularidad indispensable para que nos reconozcamos como miembros de una comunidad afincada en un territorio?
El futuro próximo auspiciado por las distopías no depende enteramente de nosotros. La asimetría de poderes no nos beneficia, pero la artificialidad de las IAG no podrá evitar que nuestros sentimientos y nuestras aspiraciones persistan siendo algo inmanejable por la tecnología más compleja. Imaginemos una ciudad moderna que no pierda su condición de lugar soñado por máquinas de rentabilidad y deshumanización.




