Cada 18 de mayo se conmemora el Día de la Escarapela, uno de los emblemas patrios más antiguos del país. Más que una tradición escolar o un gesto protocolar, llevarla vuelve a abrir una pregunta sobre el vínculo que mantenemos con nuestros símbolos y con la idea misma de comunidad nacional.
Cada año, cuando se acerca la Semana de Mayo, la escarapela reaparece en guardapolvos, oficinas públicas, actos escolares y solapas de saco. Pequeña, simple, casi silenciosa, es uno de los símbolos más reconocibles de la identidad argentina. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué representa realmente ese círculo celeste y blanco que hoy vuelve a conmemorarse en todo el país.
El Día de la Escarapela se celebra cada 18 de mayo, aunque su origen se remonta a 1812, cuando Manuel Belgrano propuso al Primer Triunvirato la creación de un distintivo común para las tropas revolucionarias. La necesidad era concreta: evitar confusiones en el campo de batalla y diferenciar a quienes defendían la causa independentista del ejército realista, que utilizaba otros colores. El gobierno aprobó la iniciativa y oficializó así uno de los primeros símbolos patrios argentinos, incluso antes que la bandera nacional.
Pero con el tiempo, la escarapela dejó de ser un elemento exclusivamente militar para convertirse en una expresión colectiva de pertenencia. Su uso se extendió rápidamente entre la población civil y terminó consolidándose como un emblema cotidiano, especialmente en fechas patrias.
Mucho más que una cinta
En Argentina, la escarapela tiene algo singular: no está limitada a una ceremonia oficial ni a un protocolo estricto. Puede llevarse durante todo el año, aunque cobra especial protagonismo en mayo y junio, cuando las escuelas, las instituciones y las familias vuelven a ponerla en circulación.
Para muchos, es un gesto heredado: prenderla en la ropa antes de ir al acto escolar, acomodarla en el uniforme de los hijos o guardarla de un año al otro en algún cajón de la casa. Para otros, es una oportunidad para volver a preguntarse qué significa hoy sentirse parte de una comunidad nacional atravesada por tensiones, desigualdades y debates sobre identidad.



