Por el Lic. Ariel Saracca. FCH-UNICEN
Lo que ocurre debajo de los grandes números
Hay una pregunta sobre la economía argentina de los últimos años que me resulta cada vez más difícil de eludir. No porque falten interpretaciones sobre lo ocurrido desde diciembre de 2023 —hay muchas y, además, profundamente enfrentadas— sino porque buena parte de la discusión parece concentrarse demasiado rápido en decidir si el programa económico fue un éxito o un fracaso. Tal vez antes de responder eso convenga detenerse en una cuestión más elemental: entender cómo fue posible lo que efectivamente ocurrió.
La magnitud y, sobre todo, la velocidad del ajuste fiscal fueron extraordinarias. El gasto público se redujo con una intensidad poco habitual, el Sector Público Nacional alcanzó superávit, la inflación descendió de manera pronunciada respecto de los niveles iniciales y, después de la recesión, la economía volvió a crecer. Mientras todo eso sucedía, el desempleo abierto no experimentó una explosión proporcional a la magnitud del ajuste.
Ese resultado merece ser reconocido antes de intentar explicarlo. Cuando en estas páginas utilizo la palabra “éxito” lo hago en un sentido acotado. No estoy afirmando que el programa haya sido socialmente gratuito, distributivamente neutral ni que su sostenibilidad futura esté garantizada. “Éxito” significa aquí que el programa consiguió, hasta ahora, algunos de los objetivos macroeconómicos que se había propuesto —en particular la consolidación fiscal y la desinflación—, que luego se produjo una recuperación del producto y que todo ello no estuvo acompañado por una crisis de desempleo de una magnitud semejante.
Una cosa es discutir si esos resultados son deseables, suficientes o sostenibles. Otra, bastante distinta, es negar que existieron. Mi pregunta comienza precisamente allí: ¿cómo absorbió la economía argentina un ajuste de semejante magnitud? Y, más específicamente, ¿es correcto concluir que, como el desempleo no explotó, el mercado laboral sufrió relativamente poco?
Mi hipótesis es que no. Una parte importante del ajuste puede haberse desplazado hacia lugares que la tasa de desempleo no registra bien: informalidad, cuentapropismo, subocupación, menor cantidad de horas, menos clientes y, finalmente, menor ingreso disponible de quienes continúan apareciendo estadísticamente como ocupados.
La paradoja
Los números agregados ayudan a dimensionar el problema. Según la serie de Gasto Público Consolidado del Ministerio de Economía, el gasto de los tres niveles de gobierno alcanzó 35,6% del PIB en 2024, seis puntos porcentuales menos que en 2023. El propio informe oficial señala que fue la mayor caída desde 2002. Si se utiliza otro universo —la Administración Nacional— los informes presupuestarios también muestran una contracción muy fuerte del gasto. No corresponde mezclar ambas mediciones como si fueran la misma serie, pero las dos permiten apreciar la excepcional velocidad de la consolidación fiscal.
Al mismo tiempo se produjo una fuerte desinflación y, después de la contracción inicial, la actividad económica volvió a expandirse. El crecimiento, además, no fue homogéneo. Actividades como agricultura, minería y determinados servicios mostraron un comportamiento muy diferente del de la industria, el comercio y otros sectores vinculados más directamente con el mercado interno.
Esto importa porque un punto adicional de producto no genera necesariamente la misma cantidad de empleo cualquiera sea el sector que lo origine. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, hacerlo de una manera que tenga una traducción relativamente débil en empleo asalariado, salarios e ingresos disponibles de una parte de los hogares. Crecimiento del PIB y mejora generalizada de las condiciones laborales son fenómenos relacionados, pero no equivalentes.
Aun así, el dato que más llama la atención sigue siendo el desempleo. En el primer trimestre de 2025 la tasa fue de 7,9%. Un año después se ubicó en 7,8%. En ese primer trimestre de 2026, la EPH registró además una tasa de actividad de 48,6% y una tasa de empleo de 44,8% en los 31 aglomerados urbanos relevados. Frente a la intensidad del ajuste realizado, la estabilidad de esa tasa constituye una de las características más llamativas del proceso.
Entonces, ¿dónde fue el ajuste?
La primera pista aparece cuando abandonamos por un momento la tasa de desempleo y observamos qué ocurrió dentro del mercado laboral. Hubo pérdida de empleo asalariado registrado, aunque su magnitud, siendo importante para las personas afectadas, resulta relativamente acotada frente al tamaño del ajuste macroeconómico. Esto es justamente parte de la paradoja: el impacto no se concentró en una destrucción masiva y súbita de puestos formales.
La transición que solemos imaginar es demasiado sencilla: una persona tiene empleo y, si lo pierde, pasa a estar desempleada. En la Argentina existe un territorio enorme entre esas dos situaciones. Alguien puede perder un puesto registrado y comenzar a trabajar por su cuenta; puede realizar changas, incorporarse a una actividad familiar, conseguir un empleo no registrado, combinar varias ocupaciones o aceptar menos horas de las que necesita. En todos esos casos puede continuar siendo estadísticamente una persona ocupada.
Por eso la informalidad adquiere un significado que va más allá de su habitual consideración como problema estructural. También puede funcionar como mecanismo de absorción. La literatura latinoamericana ha señalado desde hace tiempo que, frente a shocks sobre el empleo formal, el sector informal puede desempeñar un papel de amortiguador. En la Argentina esa capacidad parece particularmente relevante por la dimensión que tiene el fenómeno.
En el primer trimestre de 2026, la informalidad laboral alcanzó 44,2% de los ocupados en los 31 aglomerados urbanos relevados por la EPH. Esto representa un aumento de 2,2 puntos porcentuales respecto del primer trimestre de 2025. No estamos hablando de un universo homogéneo: conviven asalariados no registrados, trabajadores por cuenta propia, pequeños empleadores y ocupaciones con niveles de calificación e ingresos muy distintos. Pero comparten una característica decisiva para este análisis: las fronteras entre trabajar mucho, trabajar poco y quedar sin trabajo son mucho más difusas que en el empleo asalariado tradicional.
La informalidad, entonces, puede amortiguar el golpe. Pero un amortiguador no elimina el impacto. Lo distribuye.
Estar ocupado no significa tener la misma cantidad de trabajo
Éste es, a mi entender, uno de los puntos centrales. Una persona puede continuar ocupada aunque haya disminuido significativamente la cantidad de trabajo que realiza. Un pintor que trabajaba casi todos los días y ahora tiene dos jornadas vacías por semana continúa siendo pintor y continúa estando ocupado. Un cuentapropista que conserva clientes pero perdió una parte de ellos tampoco se convierte automáticamente en desocupado.
Las estadísticas de horas trabajadas ofrecen una señal interesante. En la Cuenta de generación del ingreso e insumo de mano de obra de INDEC, entre el cuarto trimestre de 2024 —tomando la serie revisada publicada posteriormente— y el cuarto trimestre de 2025, la cantidad total de puestos se mantuvo prácticamente estable mientras las horas efectivamente trabajadas disminuyeron 1,8%. Entre los no asalariados, los puestos aumentaron 1,6% y las horas sólo 0,9%. En el cuarto trimestre de 2025, esos niveles fueron de 23,178 millones de puestos totales —una variación interanual de aproximadamente 0,0%— y 36,036 mil millones de horas anualizadas. Dentro de ese total, los no asalariados representaron 6,393 millones de puestos y 9,882 mil millones de horas anualizadas. Calculado sobre esas cifras oficiales, las horas promedio por puesto no asalariado disminuyeron levemente.
Esto no demuestra por sí solo que exista una saturación del cuentapropismo. Sería incorrecto extraer una conclusión causal tan fuerte de un agregado. Pero sí muestra algo conceptualmente importante: puede aumentar la cantidad de personas o puestos vinculados con actividades independientes sin que aumente en la misma proporción el volumen de trabajo disponible.
La subocupación aporta otra pieza. Entre el primer trimestre de 2025 y el primero de 2026, mientras el desempleo prácticamente no cambió, la subocupación pasó de 10,0% a 11,1%. INDEC señaló que ese aumento interanual fue estadísticamente significativo. La fotografía cambia bastante cuando dejamos de preguntar solamente cuántas personas tienen alguna ocupación y comenzamos a preguntar cuánto trabajo tienen quienes siguen apareciendo como ocupados.
Tal vez estamos mirando el indicador equivocado
Esto lleva a reformular la pregunta. En lugar de preguntarnos únicamente por qué no aumentó el desempleo, quizás debamos preguntarnos de qué manera se deteriora primero un mercado laboral como el argentino antes de que aumente el desempleo abierto.
La secuencia puede ser larga. Una persona puede perder un puesto formal, encontrar una actividad informal, comenzar a trabajar menos horas, buscar otro empleo mientras continúa ocupada, convertirse en subocupada y sufrir una reducción de su ingreso mensual. Sólo en una etapa posterior podría quedar completamente sin trabajo.
El deterioro económico comenzó mucho antes del último paso. Por eso, en una economía con niveles elevados de informalidad y cuentapropismo, la tasa de desempleo puede convertirse en un indicador relativamente tardío de determinadas formas de deterioro laboral. No porque mida mal: mide aquello que debe medir. El problema aparece cuando pretendemos que nos informe también sobre la intensidad, la estabilidad y la suficiencia de los ingresos de quienes todavía tienen alguna ocupación.
El teléfono que empieza a sonar menos
Hay una dimensión de este proceso que las estadísticas agregadas captan con dificultad y que para mí tiene un origen más observacional que teórico. Durante toda mi vida laboral he convivido con trabajadores por cuenta propia y tengo amigos que viven de distintos oficios. Pintores, plomeros, electricistas, carpinteros, herreros y otros cuentapropistas suelen enfrentar la caída del trabajo de una manera que merece ser tomada en serio como hipótesis.
Cuando comienzan a recibir menos llamados, su primera reacción no necesariamente es bajar el precio. Muchas veces ocurre lo contrario. Si antes una determinada cantidad de trabajos permitía alcanzar cierto ingreso semanal o mensual y ahora aparecen menos trabajos, intentan que cada uno de los que todavía consiguen deje un ingreso mayor. En términos cotidianos, el razonamiento podría expresarse así: “si esta semana tengo menos trabajos, con los que tengo necesito tratar de hacer la misma plata”.
No pretendo convertir una experiencia personal en evidencia estadística ni generalizar este comportamiento a todos los cuentapropistas argentinos. Lo planteo como hipótesis. Pero es una hipótesis que ayuda a entender por qué, durante una primera etapa, una reducción de la cantidad demandada puede convivir con tarifas que continúan aumentando.
El ingreso de un cuentapropista no depende solamente del precio que cobra. Depende también de cuántos trabajos realiza, cuántas horas logra vender y cuántos clientes aceptan sus presupuestos. Puede aumentar el valor de cada trabajo y, sin embargo, terminar el mes con un ingreso real menor si la cantidad de trabajos cae lo suficiente.
Esto es particularmente importante cuando se observan los fuertes incrementos que mostró el índice de salarios del sector privado no registrado. En abril de 2026, el índice de salarios de INDEC aumentó 36,9% interanual en el total: 29,3% en el sector privado registrado, 29,6% en el público y 69,6% en el privado no registrado. Son variaciones nominales del índice salarial, no mediciones directas del ingreso disponible. Esos datos deben tomarse con cautela: la metodología del índice no registrado no permite identificarlo con la tarifa de cada oficio ni con el ingreso mensual de cada trabajador independiente. Tampoco un gran incremento porcentual implica necesariamente que los niveles absolutos de ingreso se hayan equiparado con los del sector formal. Pero la divergencia obliga a distinguir precio del trabajo, cantidad de trabajo e ingreso mensual.
Quizás por eso, para anticipar lo que ocurre con un trabajador de oficio, la pregunta más reveladora no sea solamente “¿cuánto estás cobrando?” ni siquiera “¿tenés trabajo?”. Puede ser otra: “¿para cuántas semanas tenés trabajo asegurado?”. Una persona puede contestar que tiene trabajo y, sin embargo, haber pasado de una agenda completa durante un mes a tener comprometidos apenas los próximos días. Todavía está ocupada. Tal vez incluso mantiene por un tiempo su ingreso. Pero el teléfono empezó a sonar menos.
¿Quién compra ese trabajo?
La otra mitad del mecanismo está del lado de la demanda. El pintor, el jardinero, el carpintero, la empleada doméstica y muchos otros prestadores de servicios no generan su propia demanda. Una parte importante de sus ingresos depende del gasto de otros hogares.
Aquí conviene evitar otra simplificación. No alcanza con mirar el salario formal promedio. Los datos recientes muestran que el salario medio privado registrado tuvo una recuperación real respecto de fines de 2023 según el análisis del SIPA, aunque naturalmente existen grandes diferencias entre ramas, sectores y trabajadores. Por eso el concepto relevante para esta discusión es más amplio: el ingreso disponible del hogar.
Una familia decide contratar servicios después de afrontar alimentos, vivienda, tarifas, transporte, salud, educación, impuestos, cuotas, deudas y otros gastos relativamente rígidos. Puede haber recuperado una parte de su salario real y, sin embargo, disponer de menos margen para contratar determinadas tareas. Además, los hogares no ajustan instantáneamente. Pueden dejar de ahorrar, utilizar ahorros previos, recurrir al crédito, reducir consumos discrecionales y sólo después disminuir la frecuencia de ciertos servicios.
La empleada doméstica puede pasar de tres días por semana a dos. El jardinero, de semanal a quincenal. Una casa que se pintaba cada dos años puede esperar cuatro. Una reparación se posterga; una remodelación se divide en etapas. Ninguna de esas decisiones genera inmediatamente una persona desempleada. Pero todas reducen la cantidad de trabajo demandado.
Y cuando ese comportamiento se multiplica entre miles de hogares aparece el punto neurálgico de nuestra hipótesis: el problema puede empezar a expresarse no en la desaparición inmediata del empleo, sino en una caída del ingreso disponible de trabajadores que continúan ocupados.
El límite del amortiguador
La informalidad y el cuentapropismo pueden absorber durante un tiempo una parte considerable de los costos de un ajuste. Pueden evitar que una pérdida de empleo formal se transforme inmediatamente en desempleo abierto. Pero esa capacidad no es infinita.
El límite aparece cuando cada vez más personas intentan obtener ingresos en actividades cuya demanda no crece al mismo ritmo. La informalidad puede multiplicar las formas de inserción laboral, pero no puede crear indefinidamente la demanda que las remunera.
Si aumenta la cantidad de oferentes y el volumen de trabajo disponible no lo hace en una proporción semejante, el ajuste empieza a repartirse. Primero pueden aparecer más horas ociosas, agendas menos completas, mayor competencia por cada trabajo y más presupuestos rechazados. Después puede deteriorarse el ingreso mensual. Sólo más adelante una parte de ese proceso puede terminar reflejándose en el desempleo abierto.
Por eso la principal tensión futura no necesariamente proviene de una destrucción masiva del empleo formal. Hasta ahora, precisamente, esa destrucción ha sido relativamente limitada frente a la magnitud del ajuste. El punto más sensible puede estar en otro lugar: en la cantidad efectiva de trabajo y en el ingreso disponible que consiguen sostener quienes permanecen dentro de la informalidad y el cuentapropismo.
Si la trayectoria no cambia —si la demanda de trabajo y los ingresos disponibles no se recuperan con suficiente intensidad mientras una proporción elevada de trabajadores depende de estas actividades— el amortiguador informal tenderá a encontrar sus límites. No existe una fecha exacta ni una relación mecánica que permita saber cuándo. Pero sí existe una restricción económica elemental: no puede incorporarse indefinidamente más gente a un conjunto de actividades si la cantidad de trabajo que esas actividades generan no crece en proporción.
Pobreza y vulnerabilidad no son exactamente lo mismo
Este razonamiento obliga a mirar con cuidado otro resultado importante del período: la reducción de la pobreza. La caída que muestran las estadísticas oficiales después del fuerte aumento inicial debe ser reconocida. No sería correcto llamarla una caída meramente “nominal”. La metodología de INDEC compara los ingresos corrientes de los hogares con el valor actualizado de las canastas, de modo que la reducción de la incidencia de la pobreza es un resultado real dentro de esa metodología.
Pero reconocerla no implica concluir que toda la vulnerabilidad económica haya desaparecido. La pobreza oficial es fundamentalmente una medición monetaria: determina si el ingreso del hogar se encuentra por encima o por debajo de una línea. Es una información central, pero no describe por sí sola la estabilidad de ese ingreso ni la calidad de la inserción laboral que lo genera.
Dos hogares pueden encontrarse por encima de la línea de pobreza y estar en situaciones muy diferentes. Uno puede sostenerse con dos empleos registrados relativamente estables. Otro puede superar la misma línea sumando ingresos de actividades informales, con jornadas fluctuantes, varios trabajos y una fuerte dependencia de que continúe existiendo una determinada cantidad de clientes durante el mes. Ambos son estadísticamente no pobres, pero su vulnerabilidad frente a una caída de la demanda es distinta.
La fuerte evolución que mostraron los ingresos no registrados puede haber contribuido efectivamente a que numerosos hogares mejoraran su posición respecto de la línea de pobreza. No hay razón para desconocerlo. La pregunta es qué ocurriría si ese segmento empezara a enfrentar simultáneamente menos horas, menos trabajos y una capacidad cada vez menor de compensar esa caída mediante aumentos de tarifas.
En ese caso, el deterioro no tendría por qué aparecer primero en el desempleo. Podría observarse en una caída del ingreso mensual de trabajadores que continúan ocupados, en un aumento de hogares muy próximos a la línea de pobreza y, eventualmente, en una mayor pobreza entre ocupados.
La distinción es importante porque una economía puede mantener una tasa de desempleo relativamente contenida y, sin embargo, comenzar a generar un número creciente de trabajadores cuyos ingresos resultan insuficientes o demasiado inestables. El amortiguador puede empezar a agotarse mientras la gente todavía tiene trabajo.
Si la trayectoria no cambia
Éste es el sentido preciso del “hasta ahora” del título. No es una profecía sobre un desenlace inevitable. La economía puede seguir creciendo, los ingresos disponibles pueden recuperarse, la inversión puede traducirse en mayor demanda de trabajo y pueden expandirse actividades con mayor capacidad de absorción laboral. Si eso ocurre, la trayectoria que describi puede interrumpirse.
Pero también debemos aceptar la conclusión inversa. Si no sucede algo que cambie suficientemente la dirección del proceso, la capacidad de absorción del mercado informal no puede ampliarse sin límite. Durante un tiempo el sistema puede repartir el ajuste entre más trabajadores, menos horas, varias ocupaciones, tarifas mayores y agendas menos completas. Llega un punto, sin embargo, en que esa flexibilidad deja de alcanzar para sostener los ingresos.
En ese momento el deterioro puede avanzar por etapas: primero menos horas y menos trabajos; después menor ingreso mensual y menor ingreso disponible; luego más hogares acercándose o cruzando la línea de pobreza; y sólo eventualmente una parte de ese proceso transformándose en desempleo abierto.
Por eso esperar una fuerte suba del desempleo para concluir que el amortiguador se agotó podría significar advertir el problema demasiado tarde. La tasa de desempleo sería entonces no el comienzo del deterioro, sino una de sus manifestaciones finales.
Una mirada diferente sobre el “éxito”
Quizás el problema no esté, después de todo, en decidir de manera binaria si el ajuste fue exitoso o fracasó. Puede haber alcanzado determinados objetivos macroeconómicos y, al mismo tiempo, haber desplazado parte de sus costos hacia mecanismos laborales menos visibles. No existe contradicción entre ambas afirmaciones.
El equilibrio fiscal puede ser real. La desinflación puede ser real. La recuperación del producto puede ser real. La caída de la pobreza medida por ingresos también puede ser real. Y, simultáneamente, pueden aumentar la informalidad, la subocupación y la vulnerabilidad de trabajadores cuyos ingresos dependen de una cantidad de trabajo inestable.
Mi hipótesis es que una parte de la sorprendente capacidad que mostró hasta ahora la economía argentina para absorber un ajuste fiscal extraordinariamente intenso sin una explosión equivalente del desempleo se encuentra precisamente en esa flexibilidad. El costo no habría desaparecido: habría cambiado de forma y se habría distribuido entre distintos márgenes.
Una parte pudo expresarse en pérdida de puestos asalariados registrados. Otra en informalización. Otra en cuentapropismo. Otra en horas. Otra en cantidad de clientes y trabajos. Y otra, si la trayectoria continúa, puede terminar expresándose en ingreso disponible y pobreza aun antes de hacerlo plenamente en desempleo.
Esto sugiere que para seguir el proceso no alcanza con mirar cuántas personas tienen trabajo. Hay que observar también cuánto trabajan, cuánto ingreso mensual obtienen, cuántos buscan una ocupación adicional y qué tan estable es la demanda que sostiene sus actividades.
Tal vez la pregunta relevante para los próximos meses no sea simplemente si aumentará o no el desempleo. La pregunta es cuánto tiempo puede continuar funcionando este mecanismo si no aparece una recuperación suficientemente intensa de la demanda de trabajo y de los ingresos disponibles.
Un amortiguador puede suavizar un golpe y distribuirlo en el tiempo. Pero no puede absorber indefinidamente una presión que continúa acumulándose.
Y quizás, para advertir cuándo empieza a acercarse a su límite, no haya que esperar una estadística espectacular. A veces la primera señal es bastante más silenciosa: el trabajador sigue ocupado, sigue diciendo que tiene trabajo, pero cuando uno le pregunta cómo viene la semana responde algo mucho más sencillo.
El teléfono está empezando a sonar menos.




