La ciudad amaneció este jueves con la noticia del fallecimiento de Amilcar Edgardo Marino, el reconocido pochoclero que durante casi veinte años instaló su carrito en la esquina de San Martín y 9 de Julio y se convirtió en una de las figuras más queridas del centro tandilense. Su partida generó una ola de mensajes de cariño entre vecinos que durante años lo cruzaron en esa esquina, entre el aroma dulce de los pochoclos y su infaltable sonrisa.
Amilcar había nacido en Rauch, pero llegó a Tandil de muy pequeño, en 1942, cuando su padre -trabajador de la construcción- encontró en la ciudad serrana un lugar para desarrollar su oficio. Desde entonces, Tandil fue su casa. Cursó la escuela primaria en el establecimiento N° 7 y, siendo joven, dio sus primeros pasos laborales vinculados a la fotografía, primero en la tradicional Casa Rembrandt y luego junto al reconocido fotógrafo Juan Cufré.
Con el correr de los años, también trabajó en la Municipalidad de Tandil, donde ingresó como ordenanza y llegó a desempeñarse como jefe interino. En paralelo, no dejó de sumar changas y otros oficios, entre ellos su paso como mozo y organizador de servicios gastronómicos para eventos. En lo personal, formó una familia junto a Marta Angélica Calderón, con quien tuvo cuatro hijos.
El oficio que lo convirtió en un personaje querido de la ciudad
Su historia con los pochoclos comenzó hace aproximadamente 18 años, poco antes de jubilarse, cuando se hizo cargo de una máquina los fines de semana en el Parque Independencia. Esa experiencia fue el puntapié de una actividad que, con el tiempo, se transformó en una verdadera marca personal: compró su propio carrito y comenzó a trabajar por cuenta propia, encontrando en esa tarea mucho más que un ingreso extra: una forma de mantenerse activo y de estar cerca de la gente.
De lunes a sábado, llegaba al centro después de las 16 y se quedaba hasta entrada la noche, preparando las clásicas bolsitas de pochoclos para vecinos de todas las edades. También era una presencia habitual en cumpleaños, casamientos y eventos organizados por instituciones y por el propio Municipio.
Un vínculo que trascendió el producto
Más allá de los pochoclos, lo que distinguía a Amilcar era su forma de vincularse con la gente: siempre dispuesto a charlar, saludar y compartir una sonrisa, había logrado que acercarse a su carrito fuera, para muchos tandilenses, también un pequeño reencuentro. Para los más chicos, la escena de contemplar la montaña de pochoclos detrás del vidrio tenía algo de mágico; para los adultos, su figura ya formaba parte del paisaje cotidiano del centro.
Durante años fue reconocido como uno de los pochocleros con mayor trayectoria de Tandil, y su esquina, San Martín y 9 de Julio, quedará asociada para siempre a su nombre. Su ausencia deja un vacío en un rincón del centro por el que pasaron miles de tandilenses, pero también el recuerdo de un trabajador incansable que convirtió un oficio sencillo en una forma cotidiana de encontrarse con su ciudad y su gente.




