Un video publicado en redes sociales por Matías Mazzieri, comunicador deportivo de Bahía Blanca, recupera uno de los capítulos más insólitos de la historia del fútbol tandilense: cómo el Club Santamarina perdió su estadio, su sede social y un predio de 15 hectáreas a raíz de una rifa que la institución nunca pudo pagar, entre 1995 y 1997, en plena crisis institucional que incluso lo obligó a cambiar de nombre por varios años.
El repaso, publicado en formato de reel, reconstruye la historia del estadio Francisco Fiego, ubicado en la calle General Roca y Pinto, que fue la casa del «aurinegro» tandilense desde su inauguración en 1956 —con un amistoso ante la tercera división de Boca Juniors— hasta mediados de la década del 90.
Según relata el video, todo cambió por una mala administración: entre 1995 y 1997 el club organizó una serie de rifas bajo el nombre «Pónganse las Botas», en las que se sorteaban campos como premio. La institución nunca pudo hacer entrega de esos premios, lo que derivó en numerosas denuncias y en una deuda imposible de afrontar.
La consecuencia fue drástica: Santamarina perdió el estadio Francisco Fiego, su sede ubicada en Yrigoyen al 600 y la Quinta Belén, un predio de 15 hectáreas. La crisis fue tan profunda que la institución tuvo que resignar incluso su identidad: dejó de llamarse Club y Biblioteca Ramón Santamarina para pasar a ser Unión Metalúrgica, y recién en 1998 adoptó el nombre de Club Social y Deportivo Santamarina.
Recién en 2010, de la mano de una dirigencia más ordenada, el club logró recuperar oficialmente su nombre histórico: Club y Biblioteca Ramón Santamarina. Hoy, ya reconstituido institucionalmente, disputa sus partidos como local en el Estadio Municipal General San Martín y milita en el Torneo Federal A, muy lejos de aquella crisis que supo tenerlo al borde de la desaparición.
La historia completa, con imágenes del histórico Francisco Fiego y del emotivo adiós de los hinchas a la vieja tribuna, puede verse en el video que recorre paso a paso cómo el club perdió su patrimonio pero, como remarca el propio relato, «nunca perdió lo más importante: su gente».




