En el marco de su habitual vlog siguiendo la campaña de Almirante Brown, el reconocido creador de contenidos Mauro Albarracín visitó en el 2022 Tandil para presenciar el encuentro frente a Santamarina en el Estadio Municipal San Martín. Sin embargo, más allá del fútbol, su paso por la ciudad terminó convirtiéndose en una recorrida por uno de esos lugares que rara vez aparecen en las guías turísticas tradicionales, pero que forman parte de la memoria colectiva tandilense: las cavas de Cerro Leones.
De la mano de Macarena, una amiga local, Albarracín se internó en este rincón escondido de las sierras, al que la tandilense definió como «el balneario popular de Tandil». La expresión no es casual. En una ciudad que carece de espejos de agua públicos y gratuitos para el disfrute recreativo de vecinos y vecinas, las antiguas canteras inundadas se transformaron con el paso de los años en un lugar de encuentro elegido por cientos de personas, especialmente durante los meses de calor.
El video vuelve a exponer una realidad conocida por gran parte de los tandilenses: pese a no tratarse de un paseo turístico habilitado ni de un espacio público, las cavas continúan siendo visitadas por vecinos y visitantes atraídos por su valor paisajístico e histórico. Esa presencia constante abre una discusión que excede al contenido audiovisual y que atraviesa desde hace años distintos ámbitos de la ciudad.
Las cavas como parte de nuestra identidad
Detrás de la belleza escénica que capturó la lente del influencer se esconde el alma de una comunidad que forjó buena parte de la identidad tandilense. La historia de estas cavas comenzó a escribirse a finales del siglo XIX con la llegada de una oleada de inmigrantes italianos, croatas, serbios y montenegrinos. Estos hombres, conocidos como los «picapedreros», se asentaron en la periferia de las sierras para dar inicio de forma artesanal a la explotación del granito, un oficio durísimo que se transmitía con orgullo de generación en generación.
El trabajo en el cerro se realizaba de sol a sol y con herramientas rudimentarias. Los obreros utilizaban pesadas masas y cuñas de hierro para cortar los bloques de piedra a mano, guiándose por el repique limpio del material hasta oír un tintineo metálico que bautizaron como el «sonido a campana». Con la llegada del ferrocarril en 1883, la producción se multiplicó a escala industrial y millones de adoquines salieron de estas cavas con destino a Buenos Aires para pavimentar las principales avenidas y calles de la capital del país.
Alrededor de estas profundas excavaciones se consolidó un verdadero pueblo de trabajadores con viviendas de chapa y madera que desafiaban el rigor del clima. Fue allí donde también nacieron las primeras organizaciones obreras y las grandes huelgas de la región en busca de mejores condiciones laborales, ya que inicialmente las empresas les pagaban con «plecas», bonos internos que sólo podían utilizarse en las proveedurías de las canteras. Hacia la década de 1930, la llegada del asfalto y la mecanización fueron desplazando el oficio artesanal, dejando las cavas en desuso y dando origen al imponente paisaje que sobrevive hasta nuestros días.
El principal mérito del video de Mauro Albarracín quizás sea justamente ese: mostrar que detrás de una postal impactante existe una historia profunda, ligada al trabajo, la inmigración y la construcción de la ciudad. Las cavas de Cerro Leones no son solamente un espejo de agua escondido entre las sierras. Son también un símbolo de las raíces obreras de Tandil y un espacio que continúa interpelando a la comunidad sobre cómo preservar y relacionarse con una parte fundamental de su patrimonio histórico.




