Cada choque que ocurre en Tandil parece durar apenas unas horas en la conversación pública, hasta que otro vuelve a ocupar su lugar. Pero detrás de esa sucesión cotidiana de motos caídas, autos destruidos y personas heridas —o fallecidas— hay un problema mucho más profundo que la imprudencia individual: una ciudad que todavía no logra construir una política integral para su tránsito. Entre la urgencia de reforzar controles, la necesidad de invertir en infraestructura y el desafío pendiente de educar para prevenir, la pregunta ya no es solo qué hacer después de cada accidente, sino cómo evitar que manejar por Tandil siga siendo, para muchos, una experiencia cada vez más riesgosa.
El inicio de semana en Tandil volvió a poner sobre la mesa una problemática estructural que parece no tener freno: la preocupante desaprensión y el peligro latente en las calles de la ciudad. Los siniestros viales se han transformado en una postal cotidiana, reflejo de una alarmante combinación entre imprudencia, fallas de infraestructura y un parque automotor en constante conflicto. Entre la noche del domingo y las primeras horas de este lunes, las esquinas urbanas y las rutas de la región volvieron a transformarse en escenarios de dolor, dejando como saldo una joven fallecida y dos personas hospitalizadas.
La jornada más crítica comenzó con una tragedia sobre la Ruta Provincial 30, a la altura del kilómetro 125. Alrededor de las 20 horas del domingo, una motocicleta Siam Nomad 150 despistó luego de morder la banquina en una presunta mala maniobra. Mientras el conductor del rodado, un joven de 22 años, resultó ileso, su acompañante, Rocío Susana Paz, de 27 años, falleció en el acto producto del violento impacto. El trágico hecho derivó en el inicio de una causa penal por Homicidio Culposo, bajo la órbita de la UFI N° 12 conducida por el fiscal José Marcos Eguzquiza, encendiendo nuevamente las alertas sobre la peligrosidad en los accesos viales que rodean al distrito.
Pocas horas después, ya entrada la mañana del lunes, el caos y los choques se trasladaron al entramado urbano con dos colisiones consecutivas que involucraron a motociclistas. El primer incidente se registró pasadas las siete de la mañana en la intersección de las calles Ameghino y Duffau, donde una camioneta Toyota Hilux impactó contra una Gilera Smash de 110 cc, provocando que la mujer que guiaba el vehículo de menor porte debiera ser trasladada de urgencia al Hospital Municipal Ramón Santamarina. Apenas cuarenta minutos más tarde, a las 07:40, las unidades de emergencia debieron desplazarse hacia la avenida Falucho y Piedrabuena, donde un Peugeot 2008 protagonizó un fuerte choque contra una moto Yamaha YBR de 125 cc. En este caso, una ambulancia del SAME asistió y trasladó a la conductora herida hacia el nosocomio local.
A estos tres episodios graves se sumó además otro llamativo impacto en la calle Saavedra al 300 druante el fin de semana, donde un automóvil terminó estrellándose directamente contra el frente de una vivienda particulares. La preocupante seguidilla de siniestros, concentrada en un lapso menor a doce horas, no hace más que profundizar el interrogante de una comunidad que observa cómo el espacio público se vuelve cada vez más hostil, demandando debates urgentes sobre los controles, la educación vial y la necesidad de frenar una alarmante inercia que cuesta vidas todos los días.
Educar para transformar el tránsito
Frente a esta realidad, la discusión sobre el tránsito en Tandil no puede agotarse únicamente en el reclamo por más controles o sanciones. Si los siniestros se repiten con una frecuencia alarmante, también resulta necesario preguntarse cuánto se está haciendo para construir una verdadera cultura vial desde la prevención y la educación.
En ese sentido, especialistas y distintos sectores vinculados a la seguridad vial vienen insistiendo en la necesidad de avanzar en campañas permanentes de concientización, capaces de interpelar no solo a conductores, sino también a peatones, ciclistas y motociclistas. La convivencia en la vía pública no depende únicamente del cumplimiento de normas, sino también de incorporar hábitos, responsabilidades y una mirada colectiva sobre el cuidado propio y ajeno.
A la vez, comienza a instalarse con fuerza otra propuesta de fondo: la creación de una escuela municipal de manejo. Un espacio de formación pública que no solo prepare para obtener una licencia, sino que promueva una educación integral sobre movilidad urbana, respeto por las normas y prevención de riesgos. En ciudades donde este tipo de iniciativas fueron implementadas, el impacto no solo se mide en conductores mejor preparados, sino también en una reducción sostenida de la siniestralidad.
Porque si los choques y las personas heridas se convirtieron en “la noticia de todos los días”, quizás haya llegado el momento de asumir que el problema no es solo del tránsito: es también una cuestión cultural. Y cambiar esa cultura exige decisión política, inversión y un compromiso social que vaya mucho más allá del momento en que se produce un accidente.




