Un equipo de físicos de la Unicen y el Conicet desarrolló un dispositivo que detecta lesiones mamarias con luz infrarroja, sin comprimir ni irradiar. Llegó a probarse en hospitales de Mar del Plata, Buenos Aires y Bariloche. Pero nunca pudo hacerlo en Tandil. Y desde principios de 2025, la falta de financiamiento frenó todo.
Imaginá que podés saber si una mancha sospechosa en una mamografía es peligrosa o no, sin necesidad de una biopsia, sin rayos X y sin el momento incómodo de la compresión. Eso es, en términos simples, lo que un equipo de físicos de la Unicen lleva años intentando hacer realidad desde Tandil.
El dispositivo se llama MamoRef y funciona con luz infrarroja —completamente inocua— que atraviesa el tejido mamario y entrega información sobre lo que hay adentro. No reemplaza a la mamografía tradicional, sino que la complementa en el momento más angustiante del proceso: cuando el médico tiene una imagen dudosa y tiene que decidir si hacer una biopsia o esperar.
Nicolás Carbone, doctor en Física e investigador del Conicet, es una de las personas detrás del proyecto. Lleva años trabajando en esto y todavía no pierde la esperanza, aunque el camino no fue fácil.
Nació en un concurso, creció con física y paciencia
La historia arranca en 2017, cuando el equipo se presentó al concurso Prendete —organizado por las facultades de Exactas y Económicas de la Unicen— con una idea todavía en pañales. Les fue bien. Siguieron compitiendo, llegaron a una instancia nacional, los vio una aceleradora del Grupo Sancor y en 2020 fundaron Bionirs, la empresa que iba a llevar MamoRef del laboratorio a los hospitales.
Lo que vino después fueron años de prototipos, ajustes y pruebas clínicas en Mar del Plata, Buenos Aires y Bariloche. Incluso hicieron una prueba de comodidad en el centro cultural La Compañía de Tandil: llevaron la carcasa vacía del equipo y le pidieron a mujeres voluntarias que simularan usarlo, para asegurarse de que la posición resultara cómoda antes de armar el dispositivo completo.
El freno que no esperaban
A principios de 2025, el financiamiento se agotó. Bionirs cerró. Y con ella, al menos por ahora, la posibilidad de seguir avanzando hacia la aprobación del dispositivo y su llegada a los hospitales.
«Nos encontramos con una realidad bastante hostil para buscar fuentes de financiamiento», dice Carbone con una calma que cuesta sostener cuando se habla de algo en lo que uno trabajó durante años.
Lo que más le duele, dice, no es el cierre de la empresa sino algo más simbólico: MamoRef nació en Tandil, se desarrolló en Tandil, pero nunca pudo probarse con pacientes reales acá. Las pruebas clínicas se hicieron en otras ciudades. «Lo intentamos —cuenta—, pero siempre de un lado algún freno había.»
Lo que queda y lo que sueña
El equipo no se fue a casa. Siguen trabajando en el Cificen, refinando algoritmos y analizando los datos de las pruebas anteriores, a la espera de que aparezca una nueva oportunidad de financiamiento.
Y Carbone tiene claro lo que querría: que el Estado vea en MamoRef no un gasto sino una inversión. «Me gustaría, en un anhelo casi utópico, que sea el Estado el que diga ‘qué bueno estaría que esto esté disponible en nuestros hospitales públicos'», dice.
Utópico o no, la tecnología existe. El conocimiento está. Y en Tandil hay un equipo que no afloja.




