¿Quién es Gerry Conlon?

Por Facundo Basualdo para La Opinión de Tandil

 

Nació el 1 de marzo de 1954, en Belfast, la capital de Irlanda del Norte, uno de los estados pertenecientes al Reino Unido que mantuvo, desde principios del siglo XX hasta el acuerdo de paz en 1998, un conflicto con la República de Irlanda. Las tensiones en esa frontera, corazón de una de las principales potencias mundiales con ímpetu colonialista, no fueron menores. El Ejército Republicano promovía –y a la vez fue acusado de– innumerables atentados. Uno, sucedió en 1974, en Guilford, al sur de Inglaterra. Gerrard Conlon, junto a tres amigos, su padre Giusseppe y la familia Maguire (madre, padre, hermanos menores que alojarían al padre y ayudaría a Gerry en su paso por Inglaterra), fueron acusados y detenidos con condenas de hasta 15 años.

El mundo, entre las décadas de 1960 y 1970, estaba sumergido en otro contexto. Los horizontes políticos estaban en el centro de las discusiones, muchas veces traducidos en conflictos armados, con la Guerra de Vietnam, las guerras por la independencia en África, los golpes cívico-militares en toda Latinoamérica, en un marco de Guerra Fría. El Reino Unido, que se erigía siempre como uno de los países que imponen las reglas globales, no podía permitir dentro de su terreno una división: eso significaría mostrar parte de su desgobierno.

Por eso fue que los poderes del Reino Unido, ante el atentado, se alinearon frente a la necesidad de tener responsables, acusarlos y condenarlos de forma ejemplar. De eso se trató el caso conocido como Los cuatro de Guilford y Los siete de Maguire, entre los que estaba Gerry Conlon como el centro de eso que señalaban como una banda perteneciente al Ejército Republicano de Irlanda.

En la película En el nombre del padre, donde Gerry es encarnado por Daniel Day-Lewis, es presentado como un joven que aún vivía con sus padres aunque se las rebuscaba. Le gustaba salir de noche, escuchar música, tomar alcohol como a cualquiera, en un contexto en el que, a tan solo unos kilómetros de Belfast, desde unos pubs, los Rolling Stones y los Beatles habían alcanzado a sacudir el planeta, cargados por una juventud que no quería aceptar las reglas que la policía pretendía imponer en sus barrios.

Conlon se fue de Belfast a Guilgord para no comprometer a su familia, conoce a un grupo de jóvenes, se la rebusca, duerme en una plaza, consigue algo de dinero y se vuelve. Antes de irse, se produjo el atentado que dejó cinco muertos y más de 60 heridos, y que utilizaron para incriminarlo: por ser irlandés y joven, además de un tanto revoltoso, desde Inglaterra se metieron en Irlanda del Norte, y se lo llevaron detenido. No solo a él, sino también a su padre, acusado de cómplice, y a la familia Maguire, incluidos los menores de edad. Para Gerrard fue difícil demostrar su inocencia incluso con sus familiares.

En la cárcel, lo tuvieron detenido una semana bajo la Ley de Prevención de Terrorismo que les permitía no informar lo que sucedía dentro de prisión. Lo torturaron tanto que Conlon aceptó firmó su autoincriminación que se desplegó como titular en todos los medios. Sin embargo, una vez detenido, frente a su abogada y a los jueces, se declaró siempre inocente. Relató minuto a minuto sus días en Inglaterra, comentó hasta la charla que había tenido con un pordiosero en el banco de plaza que durmió y la marca que le hizo al banco. Falsearon pruebas científicas y escondieron otras, por lo que los de Guilford y los Maguire, incluido su padre, desde 1974, quedaron apresados por cometer un acto terrorista con pretensiones de subvertir el orden inglés.

La situación de encierro, el maltrato policial y la creciente desesperación que les produjo la injusticia de saberse inocentes y haber perdido la libertad, les generó crisis nerviosas y físicas. El padre, Giusseppe Conlon, falleció en prisión en 1980. Eso, a Gerard, lo enloqueció aún más. Intentó suicidarse en reiteradas oportunidades, se golpeó contra las paredes, tuvo ataques de pánicos y otros eventos tanto psicológicos como físicos.

En 1989, la persistencia de su abogada y la convicción de la inocencia en Gerry Conlon, permitió encontrar una de las pruebas ocultadas y que tanto él como sus compañeros, recuperaran la libertad. El padre, no, ya sumaba años de fallecido. Estuvieron detenidos durante 15 años por una injusticia, acusados de un atentado que jamás tuvo los verdaderos culpables.

La película fue presentada en 1993 –nominada a 7 premios Oscar–, y fue realizada en base a la autobiografía de Gerard Conlon titulada Inocencia probada. Conlon se dedicó, a partir del primer día de su libertad, a trabajar contra los detenidos sin pruebas, injustamente.

«Ellos merecen quedar completa y públicamente exonerados», dijo el primer ministro británico, Tony Blair, recién en febrero de 2005 luego de una reunión con quienes habían estado detenidos durante tantos años sin motivos, pidiéndoles las disculpas correspondientes en nombre del Estado.

Gerry Conlon falleció de cáncer a los 60 años, en 2014. No fue el único que sufrió en su contra el poder de un Estado que necesitó de culpables para imponer una idea, un discurso, un determinado orden interno, para reflejar una imagen al mundo.

En la actualidad, la imparcialidad judicial continúa habitando no más que en los márgenes del poder judicial, inundado por injerencias policiales, políticas, económicas, mediáticas. En Argentina, en la provincia de Buenos Aires, la cantidad de detenidos alcanzó un récord histórico este año, la mayoría jóvenes, de barrios vulnerables, alrededor del 60 por ciento detenidos sin condena firme. El alineamiento, y no el contrapeso, de los poderes estatales, alimenta y profundiza una sociedad ordenada a partir de la injusticia. “Gerrys Conlon”, acá, sobran. Lo que no sabemos si el Estado, en tantos años, revertirá la situación y pedirá disculpas por las libertadas clausuradas.

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