Los niños de Morelia

Por Facundo Basualdo para La Opinión de Tandil

 

Durante los primeros meses de 1937, en las radios y en los periódicos de las ciudades aún gobernadas por los republicanos españoles, en plena Guerra Civil, el Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español, con sede en Barcelona, promocionaba el exilio de los hijos y las hijas como forma de protegerlos hasta que terminara el conflicto. Las bombas de cada noche que tiraban desde barcos o aviones las tropas golpistas bajo el mando de Francisco Franco, con la colaboración de los ejércitos alemán e italiano, hicieron que miles de padres y madres se despegaran de sus hijos con la promesa de volver a estar con ellos en poco tiempo. Confiaban en la victoria republicana en no más de un año. Miles de chicos entre 5 y 12 años salieron de España hacia distintos destinos europeos y latinoamericanos. Entre tantos, un contingente de 456 niños y niñas arribó a México en el transatlántico francés Mexique el 7 de junio de ese mismo año.

«Tengo el gusto de participarle haber arribado hoy sin novedad a Veracruz los niños españoles que el pueblo recibió con hondas simpatías. La actitud que el pueblo español ha tenido para el de México al confiarle estos niños, correspondiendo así a la iniciativa de las damas mexicanas que ofrecieron a España su modesta colaboración la interpretamos Sr. Presidente Azaña, como fiel manifestación de fraternidad que une a los dos pueblos. El estado toma bajo su cuidado a estos niños rodeándolos de cariño y de instrucción para que mañana sean dignos defensores del ideal de su patria», redactó en un telegrama el presidente Lázaro Cárdenas a su par republicano.

Según los propios testimonios de aquellos niños, luego de once días de viaje, la recibida en el puerto de Veracruz fue multitudinaria. Les regalaron dulces, dinero y juguetes, vitorearon a España y al comunismo internacional. Fue una fiesta. La mayoría de los chicos llegaban sucios, contagiados con piojos y pulgas, pero el evento los alegró. Algunos pensaban, como les habían dicho sus madres, que se trataría de unas pequeñas vacaciones, no más que un par de meses. Pero para muchos terminó por ser un destino definitivo. A los dos días de la llegada, fueron alojados en la Escuela España-México en el pueblo de Morelia, estado de Michoacán, que se convertiría en el lugar que los vería crecer y por el que para la historia serían “Los niños de Morelia”.

Internados todos juntos, eran organizados con horarios y  disciplinas muy estrictos. Uniformados todo el día, con talleres de distinto tipo, comidas que abundaban en frijoles y alimentos que ni siquiera conocían, vivían en un régimen en el que las sanciones por no levantarse o llegar tarde eran muy severas. También enfrentaron la discriminación de muchos vecinos del pueblo por ser “huérfanos”, aunque tenían a sus padres del otro lado del océano. A la noche, sobrevolaban unos aviones que arrojaban folletos y muchos se refugiaban en la Escuela por el miedo a que tiraran bombas.

El exilio español en México, entre 1937 y 1942, se multiplicó hasta llegar a las 40 mil personas. La Guerra Civil española terminó con la victoria del franquismo en 1939 y su dictadura se extendió hasta su muerte en 1975, que los primeros años fue acompañada por el comienzo de la segunda Guerra Mundial (1939-1945). La derrota republicana y ese mapa convulsionado en toda Europa, volvió imposible el retorno de los niños a su tierra con sus familias.

De la Escuela España-México, habían sido trasladados a las Casa-Hogar gestionadas allí por los republicanos. Cuando estos son derrotados definitivamente, muchos niños se escaparon por miedo a ser deportados al país del que leían noticias terribles en los diarios locales. Los niños que se quedaron, en tanto, crecieron en esas condiciones con autoridades mexicanas, terminaron la primaria y la secundaria. Los varones al alcanzar los 18 años se convertían en desertores del Ejército para España, lo que complicaba aún más el posible regreso. Algunas mujeres fueron trasladadas a conventos.

Muchos no supieron más de sus padres, otros se comunicaron con cartas que demoraban dos o tres meses en ser respondidas. Algunos, recién a los 35 o 40 años de haberse ido del país, pudieron visitar a sus padres con viajes pagados por el Consulado español. Otros, los recibieron en Morelia. Habían crecido fuera del amparo de su familia, de su país, de sus costumbres, y ya habían armado una propia familia: algunos se casaron ahí mismo en Morelia, otros se fueron a otros rincones mexicanos o latinoamericanos, tuvieron hijos, trabajos de distinto tipo. Algunos se refieren al exilio como abandono y fueron tratados con distinta suerte por el gobierno mexicano, que en muchos casos los reconoció como ciudadanos y en otros los multó por indocumentados durante largo tiempo.

Los relatos, compilados en libros o documentales, cruzan la tristeza acumulada con anécdotas de momentos que los divertían: exagerando tristezas para que los vecinos les dieran de comer o abrigo, rompiendo los vidrios de las iglesias, cantando canciones del comunismo a favor de la URSS. Recuerdan los desfiles, los juegos que hacían, las peleas con los más grandes por las frazadas o las camas en las noches de invierno, incluso las visitas del propio Cárdenas a la Casa-Hogar. En una, cuentan, el presidente dejó al hijo unos días “para que se haga hombrecito” junto con los niños de Morelia.

Son pocos los niños que aún continúan con vida. En junio de este año, se cumplieron 80 años de aquel exilio y el dramaturgo mexicano Víctor Hugo Rascón Banda presentó la obra Los niños de Morelia (en una no muy buena calidad se puede ver en Youtube) que como primera línea, uno de los jóvenes actores, dice: “Nosotros no somos huérfanos de la guerra”. Repasa un diálogo entre su padre y su madre, recreado a partir de las cartas reunidas, y remata, en esa primera parte, con que “nosotros no vinimos, nos trajeron”. La intención, propone el autor, además de recordar el desarraigo forzado, fue reflexionar sobre los desplazamientos actuales, a partir de las guerras de Medio Oriente y del norte de África, o por motivos de pobreza y hambre como sucede en Centroamérica. De fondo, flota la pregunta de si es posible en el mundo de hoy la solidaridad entre países, amparando niños y niñas, padres y madres, desde los Estados, en vez responder con restricciones legales, rechazos o muros a los inmigrantes que buscan refugio y paz.

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