El macrismo empieza a cargar con la herencia de sus propias decisiones

Días atrás se cumplió un año de la elección que llevó al Ing. Mauricio Macri a sentarse en el sillón de Balcarce 50. Dirigentes fogueados en las tensiones de la arena política añoran, trabajan y militan para tener, alguna vez, la posibilidad de competir por la Presidencia de la Nación, el máximo cargo que otorga la voluntad popular. La gran mayoría de los dirigentes saben que es muy probable que se retiren de la vida pública sin siquiera haber intentado competir por ese honor.

Mauricio Macri se presenta como una extraordinaria excepción a esa regla no escrita. Criado en una de las cunas más acomodadas de la historia reciente de la argentina, supo elaborar una meteórica carrera política desde aquellos primeros pasos en la Presidencia del Club Atlético Boca Juniors hasta lograr ser elegido dos veces al frente de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Antes de eso tuvo un fugaz paso por la Cámara de Diputados de la Nación, su primer cargo electo en la política partidaria. Eso fue hace apenas 11 años.

La idea del cambio propuesta en el slogan de campaña de la coalición Cambiemos – integrada por los sectores más conservadores de la UCR; la Coalición Cívica de Elisa Carrió y Propuesta Republicana (PRO), el partido fundado por Macri – logró penetrar en amplios sectores de una sociedad fuertemente tensionada por el desgaste natural de una gestión pública que llevaba más de una década. La diatriba de los medios concentrados y las promesas de no cambiar lo que estaba bien pero ser implacable con lo que consideraban que estaba mal permitió, a riesgo de ser simplista, que un empresario proveniente de una familia que amasó su fortuna con contratos de obra pública en los últimos 60 años pueda sentarse, de una vez, a conducir los destinos del país.

A lo largo de su campaña Macri afirmó, en reiteradas ocasiones, que “no creía que la devaluación sea la solución”. Sin embargo, al día siguiente de ganar el ballotage frente a Daniel Scioli comenzó a dar pistas algo más concretas sobre su verdadera vocación devaluatoria al afirmar que íbamos “a tener un tipo de cambio único lo antes que podamos”.

Acordar un nuevo precio para el dólar significó, en los hechos, no sólo una megadevaluación de la moneda de alrededor del 50% sino que, durante esos días y hasta el cambio de mando el 10 de diciembre, se advirtió una profunda disparada especulativa en los precios de referencia. Toda la cadena, desde el productor hasta la góndola, se resintió. La respuesta del presidente ante la consulta de si asumiría una posición gradualista y si tardaría cinco o seis meses en liberar el tipo de cambio, fue tajante: “No, eso no existe”.

Aunque Prat Gay insistía en que la subida del precio del dólar no afectaría prácticamente a nadie”  porque, según su lógica, todos tenían como referencia el valor del mercado ilegal. Aún así la devaluación inminente hacía inevitable la especulación. El tiempo y las tensiones cambiarias que se sucedieron se encargaron de poner esa fantasía en su lugar.

A poco de cerrar el ciclo 2016 y con perspectivas inflacionarias que hoy superan ámpliamente el 45% anual, casi no quedan defensores que sostengan que “la salida del cepo fue un éxito”. Si el éxito es la vara para medir a los ganadores, entonces los sectores populares claramente no ingresaron en éste último grupo.

Con el creciendo de la espiral inflacionaria y las primeras medidas que significaron una extraordinaria transferencia de dólares a los sectores agroexportadores fuertemente concentrados, se consumó una de las decisiones que hundieron a las economías regionales que ya venían atravesando dificultades. Un escenario de estanflación con caída brusca del consumo, disminución de la actividad comercial y productiva, y aumento sostenido de precios, no es el mejor antídoto si se está en la búsqueda de crecimiento económico con inclusión social.

El Centro de Economía Política Argentina CEPA advierte en su informe de octubre de 2016 que “como se muestra en cada complejo regional, la devaluación del tipo de cambio y la quita de retenciones no han dinamizado las exportaciones. En general, los problemas están relacionados a la demanda, y no a la competitividad del tipo de cambio” y agrega que la devaluación y el aumento de los costos derivados de las medidas tomadas por el actual gobierno solo favoreció “a un puñado de exportadoras dejando afuera –y en algunos casos directamente perjudicando, como a los productores del sector porcino, avícola o lácteo- a la amplia mayoría de los productores».

El informe señala también que los eslabones más débiles de las cadenas regionales tampoco se vieron beneficiados por los incrementos de precios que se registraron a los consumidores finales en las góndolas ya que la alta concentración del sector supermercadista «determinó una apropiación diferencial de los excedentes”.

Los principales indicadores macroeconómicos argentinos encienden la alerta. La gestión política de la economía no da respuestas a ninguna de las necesidades que reclaman, casi con igual intensidad, tanto las organizaciones sindicales como las cámaras que nucléan a las pequeñas y medianas empresas.

La espiral inflacionaria no puede ser contenida y la visión estrictamente monetarista parece estrellarse contra la dura realidad que impone un escenario internacional que no requiere de mucha agudeza intelectual para ser analizado. El déficit fiscal se triplicó en el mes de septiembre de 2016 llegando a $ 62.950 millones comparado contra los $ 22.366 millones del mismo mes del año anterior. Ese resultado está lejos de ser sorpresivo. La megadevaluación de diciembre pasado, sumada a la caída del consumo y a la baja recaudación tributaria por eliminación de retenciones, sólo podía traer como resultado una economía paralizada. Las inversiones externas, esa suerte de zanahoria que busca justificar el trago amargo del ajuste, están aún muy lejos de llegar. El escenario no es propicio y los volúmenes son dudosos como para sostener una reactivación motivada exclusivamente por ese factor.  Invertir en un país con una inflación del 45% anual y un déficit fiscal que rondará el 6% del PBI no parece la alternativa más tentadora.

La variable central para que esa ecuación tenga sentido es bajar los “costos” laborales, es decir, disminuir salarios. A los economistas liberales les gusta decir «hacerse competitivos». El intento de negociar nuevos convenios colectivos para “actualizarlos al siglo XXI” resulta una forma (poco) disimulada de flexibilizar condiciones de trabajo. Ese fue el reclamo más demandado por los empresarios internacionales que visitaron la argentina meses atrás en el marco de lo que se llamó el Mini Davos. Resulta, cuando menos difícil, entender dónde se encuentra el beneficio económico para el conjunto del pueblo argentino e todo este paquete de decisiones de política económica.

Desde los estrictamente comunicacional podría ser comprensible la referencia constante a “la pesada herencia” del kirchnerismo. Una necesidad estratégica basada en una suerte de andamiaje discursivo que permita justificar decisiones políticas de corte netamente antipopular. Los medios de comunicación dominantes – fundamentalmente la televisión – juegan un rol esencial en la construcción de esa legitimidad. Lo que no puede – o no debería – negarse es que los datos duros de la economía están al alcance de la mano. Tanto los del gobierno anterior y como los del actual. Son testimonios e investigaciones concretas de distintos observatorios sociales, de universidades e instituciones públicas, de centros de estudios y de prestigiosos organismos internacionales. Salvo groseras excepciones, expresan un diagnóstico ineludible del clima político, social y económico que vive nuestro país. Esos indicadores no son producto de la imaginación sino de la racionalidad. En cualquier caso, serán el resultado de la aplicación de un conjunto de ideas a las que se suscribe e impulsa pero, también, de aquellas ideas políticas con las que se confronta y a las que se busca suprimir. El gobierno del Presidente Macri eligió que camino seguir desde el primer minuto de su gobierno. Y ya está empezando a cargar con la herencia de sus propias decisiones.

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